Me mirás con tu boca al hablarme con tus ojos. ¿Y yo? Un semidiós con panza en medio de una película de vaqueros. Delirio de fiebre. Fiebre que me provocás cada vez que te acurrucás entre mis brazos y me besás. Me besás con amor; me besás con deseo y te devorás mi cuerpo feliz.
Vine a escuchar Led Zeppelin IV y me llevaste de paseo en el último bondi a Finisterre para pernoctar en el Morrison Hotel.
¿Quién lleva los pantalones en la relación, cuando nos llevamos tan bien sin ellos? ¿Las riendas? - ¡No! ¡Sin ataduras!- grito mientras me contenés con tu sonrisa.
¡Qué no nos quiten la cinta! ¡Qué no se nos pase! Que sí, que no, que nos elegimos a diario para satisfacer nuestros cuerpos y nuestras almas.
Donde no llegan la ciencia ni la religión es el lugar done nos vinimos a situar, soltándolo todo para tenernos el uno al otro. Y la temperatura sube nuevamente porque me das fiebre y necesito de vos; y te doy fiebre y necesitás de mí. Delirios de calor, de sudor, de caricias desenfrenadas, de besos apasionados que terminan en un orgasmo febril.
Fiebre, fiebre, fiebre.
lunes, 27 de diciembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
Absoluta
Te deseo absoluta. Te necesito completa.
Te quiero tanto que tan solo yo puedo coartarte en mis sueños que se repiten todas las noches, así, recurrentes ellos como preciosa vos.
Te amo como idea que llena mis oídos de “clap claps” de ríos de caudales anchos y fuertes que devoran todo a su paso.
Utopía te llaman algunos, mientras yo te llamo a gritos con todo el aire que supo caber en mis pulmones y con cada fibra de mi ser; para ser más claro, con cada latido.
Te tengo sin tenerte y sos mía sin serlo. Sin ser. Sin cuerpo y sin censura.
Te conocen los locos y yo les pido que me cuenten de vos, pero no cabés en las palabras; ni si quiera de las que salen de las bocas de aquellos estudiosos del idioma.
Te deseo absoluta. Te necesito completa. Te amo como idea.
Te quiero tanto que tan solo yo puedo coartarte en mis sueños que se repiten todas las noches, así, recurrentes ellos como preciosa vos.
Te amo como idea que llena mis oídos de “clap claps” de ríos de caudales anchos y fuertes que devoran todo a su paso.
Utopía te llaman algunos, mientras yo te llamo a gritos con todo el aire que supo caber en mis pulmones y con cada fibra de mi ser; para ser más claro, con cada latido.
Te tengo sin tenerte y sos mía sin serlo. Sin ser. Sin cuerpo y sin censura.
Te conocen los locos y yo les pido que me cuenten de vos, pero no cabés en las palabras; ni si quiera de las que salen de las bocas de aquellos estudiosos del idioma.
Te deseo absoluta. Te necesito completa. Te amo como idea.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Brilla
De prócer a poeta y de mártir a profeta.
Solitario amor del hijo de un dios que brilla por su ausencia.
Fui estampita y foto de billetera. Fui papeles de colores brillantes, nunca de una escala de grises. Los papeles se pierden, los roles se desdibujan en la carne.
Mío, tuyo, nuestro. Sobretodo mío, pero más tuyo que nuestro.
De mentiras que salen por T.V sin advertencia previa, de esas que nos llenan los ojos de imágenes veloces. Veloces y tan borrosas. Borrosas y tan veloces.
Solitario amor del hijo de un dios que brilla por su ausencia.
Solitario amor del hijo de un dios que brilla por su ausencia.
Fui estampita y foto de billetera. Fui papeles de colores brillantes, nunca de una escala de grises. Los papeles se pierden, los roles se desdibujan en la carne.
Mío, tuyo, nuestro. Sobretodo mío, pero más tuyo que nuestro.
De mentiras que salen por T.V sin advertencia previa, de esas que nos llenan los ojos de imágenes veloces. Veloces y tan borrosas. Borrosas y tan veloces.
Solitario amor del hijo de un dios que brilla por su ausencia.
lunes, 18 de octubre de 2010
Me gustás
Y pensar que lo escrbí después de nuestra segunda cita, antes de que esto crezca...
Me gustás.
Me gustás cuando me mirás con esos ojos que me entusiasman.
Me gustás cuando me mostrás tus dientes en forma de sonrisa, auténtica por demás.
Me gustás cuando parás tus orejas y me escuchas divagar interminablemente para tratar de llamar tu atención.
Me gustás cuando tomás mi mano por debajo de la mesa. Me gustás cuando me acariciás.
Me gustás cuando ponés tus manos en mi cara cuando me besás.
Me gustás cuando mirás mi boca de reojo y te remojás los labios esperando a que te bese.
Me gustás cuando cerrás los ojos y dejás que tus labios se encuentren con los míos.
Me gustás cuando tu lengua se bate a duelo con la mía.
Me gustás cuando me dejás sin aire y siento que si llegase a morir asfixiado, lo haría feliz.
Me gustás cuando encontrás el hueco de mi abrazo y acomodás tu cuerpo en él.
Me gustás cuando hablás y me interesa lo que decís. Me captura simplemente porque sale de tu boca.
Me gustás cuando decidís pasar un rato más conmigo, me gustás cuando decidís irte.
Me gustás cuando estás despierta, me gustás cuando estás exhausta.
Me gustás cuando te soltás y disfrutás el momento, y me enseñás a hacer lo mismo.
Me gustás cuando sabés que me gustás.
Me gustás así, “estrellada”.
Me gustás.
Me gustás cuando me mirás con esos ojos que me entusiasman.
Me gustás cuando me mostrás tus dientes en forma de sonrisa, auténtica por demás.
Me gustás cuando parás tus orejas y me escuchas divagar interminablemente para tratar de llamar tu atención.
Me gustás cuando tomás mi mano por debajo de la mesa. Me gustás cuando me acariciás.
Me gustás cuando ponés tus manos en mi cara cuando me besás.
Me gustás cuando mirás mi boca de reojo y te remojás los labios esperando a que te bese.
Me gustás cuando cerrás los ojos y dejás que tus labios se encuentren con los míos.
Me gustás cuando tu lengua se bate a duelo con la mía.
Me gustás cuando me dejás sin aire y siento que si llegase a morir asfixiado, lo haría feliz.
Me gustás cuando encontrás el hueco de mi abrazo y acomodás tu cuerpo en él.
Me gustás cuando hablás y me interesa lo que decís. Me captura simplemente porque sale de tu boca.
Me gustás cuando decidís pasar un rato más conmigo, me gustás cuando decidís irte.
Me gustás cuando estás despierta, me gustás cuando estás exhausta.
Me gustás cuando te soltás y disfrutás el momento, y me enseñás a hacer lo mismo.
Me gustás cuando sabés que me gustás.
Me gustás así, “estrellada”.
martes, 5 de octubre de 2010
En la Rue de Rivoli
Sin decir una palabra me abrazó. Lo necesitaba y ella se dio cuenta por sí sola. Sin que se lo pidiese, sin que la llame, sin que la mire.
Vino por detrás y a pesar de no estarle prestando atención a mis alrededores, distinguí su caminar entre los ruidos de la ciudad. Pasos cortitos que golpeteaban la vereda con sus taquitos chinos que se detuvieron en el preciso instante en que apoyó sus pechos en mi espalda y envolvió sus brazos en mí, apoyando las palmas de sus manos en mi pecho.
Me confortó con su sinceridad y con sus ganas de darme lo que necesitaba en lugar de una ronda de preguntas inquisidoras.
Se paró en puntitas de pie y acercó su boca a mi oído para dejar escapar en un susurro un “te amo” y ahuyentar así a la angustia que se escondía bajo mi piel.
Vino por detrás y a pesar de no estarle prestando atención a mis alrededores, distinguí su caminar entre los ruidos de la ciudad. Pasos cortitos que golpeteaban la vereda con sus taquitos chinos que se detuvieron en el preciso instante en que apoyó sus pechos en mi espalda y envolvió sus brazos en mí, apoyando las palmas de sus manos en mi pecho.
Me confortó con su sinceridad y con sus ganas de darme lo que necesitaba en lugar de una ronda de preguntas inquisidoras.
Se paró en puntitas de pie y acercó su boca a mi oído para dejar escapar en un susurro un “te amo” y ahuyentar así a la angustia que se escondía bajo mi piel.
martes, 21 de septiembre de 2010
Reflexión de caminos políticos
El socialismo estatal es, sin lugar a dudas, el camino más largo del capitalismo hacia el capitalismo.
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Reflexión de caminos políticos II
El capitalismo es el camino hacia… ¿? No sé a dónde nos llevará el canibalismo, digo el capitalismo.
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Reflexión de caminos políticos III
Individuos autónomos llevan a asociaciones justas y autogestionadas. Pero libres, por sobre todas las cosas.
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martes, 14 de septiembre de 2010
martes, 7 de septiembre de 2010
Sola, contigo o conmigo
Filtrear con la idea. Gambetear al hecho. Demorar lo inevitable.
Ahí viene. Se va y viene. Sola, contigo o conmigo.
Habría que regalarle un orgasmo. Sola, contigo o conmigo.
Aunque vuelva a venir o a venirse, para irse inevitablemente Sola, contigo o conmigo.
Ahí viene. Se va y viene. Sola, contigo o conmigo.
Habría que regalarle un orgasmo. Sola, contigo o conmigo.
Aunque vuelva a venir o a venirse, para irse inevitablemente Sola, contigo o conmigo.
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martes, 31 de agosto de 2010
Diálogo II
-Sopla un viento fuerte de Oeste.-
-Viento del Este, lluvia como peste.-
-¿Y sí te encuentra?-
-Acá estoy, no me “escuendo”, no le temo.-
-Bárbaro, pero andá con cuidado.-
-Prefiero andar solo y sin calzado.-
-¿Sin calzado?-
-Sí, sin calzado. Así en patas nomás.-
-¿Y las manos?-
-A las diez y diez.-
-Las tuyas no, las del general.-
-Ah! Esas… a las nueve y cuarto; ¿te incomoda?-
-Para nada. ¿Y a vos?-
-A veces, pero lo puedo sobrellevar sin problemas.-
-¿Y cuándo hace frío?-
-Cuando hace frío bailan merengue, y cuando hace calor se echan a la sombra.-
-Se echan a la sombra y conversan y comparten y sonríen.-
-Y cuando está templado se toman de los meñiques y forman una ronda.-
-En el centro de la ronda: las medidas, las reglas y las normas.-
-Pero las ignoran, no les dan bolilla.-
-No les dan bolilla y las ignoran.-
-Claro, así son felices.-
-Son felices, me decís.-
-Lo afirmo mientras cuento vacas en camisón.-
-Es temprano, todavía no se pusieron el traje manchado.-
-Todavía no. Siguen en camisón, pero que bonitas les quedan las pantuflas.-
-Ahí canta el gallo, un tema de los Beatles y se prepara el mate.-
-Y sí, no puede salir a patinar con la panza vacía.-
-Como poder, puede. Ahora, creo que le sería complicado hacerlo si no encuentra los patines.-
-Lo hace en el barro, y se ensucia, y se divierte.-
-¿Invita a sus amigos?-
-Sólo los domingos, cuando la patrona no está.-
-De lunes a sábado patina solo, de cinco a seis.-
-De cinco a seis y de seis a siete.-
-Siete son los hermanos.-
-Y seis los tíos.-
Séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón. ¿Tenés balas de plata?-
-No, tengo bolas de oro. Las llevo en el bolsillo de la camisa.-
-Esa que Lucía te planchó con tanto cariño.-
-En realidad usó la plancha, y después comimos asado y tomamos Merlot.-
-¿Y de postre?-
-De postre había budín de pan, pero se lo llevaron las hormigas.-
-Yo las vi, pero no les presté atención.-
-Yo les presté media hora, pero nunca me la devolvieron. Calculando los intereses me deben como una semana.-
-¿Tanto? Usurero. ¿Alguna vez te pidieron algo a cambio cuando te regalaron una sonrisa?-
-No, porque eran regalos. Además yo se las retribuyo siempre.-
-Las sonrisas no se devuelven. El mejor presente para uno mismo es la sonrisa en la cara ajena.-
-Estamos de acuer… ¡Ay! ¡Mierda! Pisé mierda.
-“Shit happens”.-
-¿Y sí no?-
-Y si no, mejor. Pero, ¿cómo saber?-
-Sabiendo. Sabiendo a que sabe.-
-A mierda, ¿a qué va a saber? ¿A flores?-
-A Bohedo, o a Haedo. Flores en la Chacarita.-
-Atrás de todo, bien al fondo. Al final.-
-Al final no le temo, no me “escuendo” de él. Así sople un viento fuerte del Oeste y traiga olor a budín de pan saliendo del horno.-
-Viento del Este, lluvia como peste.-
-¿Y sí te encuentra?-
-Acá estoy, no me “escuendo”, no le temo.-
-Bárbaro, pero andá con cuidado.-
-Prefiero andar solo y sin calzado.-
-¿Sin calzado?-
-Sí, sin calzado. Así en patas nomás.-
-¿Y las manos?-
-A las diez y diez.-
-Las tuyas no, las del general.-
-Ah! Esas… a las nueve y cuarto; ¿te incomoda?-
-Para nada. ¿Y a vos?-
-A veces, pero lo puedo sobrellevar sin problemas.-
-¿Y cuándo hace frío?-
-Cuando hace frío bailan merengue, y cuando hace calor se echan a la sombra.-
-Se echan a la sombra y conversan y comparten y sonríen.-
-Y cuando está templado se toman de los meñiques y forman una ronda.-
-En el centro de la ronda: las medidas, las reglas y las normas.-
-Pero las ignoran, no les dan bolilla.-
-No les dan bolilla y las ignoran.-
-Claro, así son felices.-
-Son felices, me decís.-
-Lo afirmo mientras cuento vacas en camisón.-
-Es temprano, todavía no se pusieron el traje manchado.-
-Todavía no. Siguen en camisón, pero que bonitas les quedan las pantuflas.-
-Ahí canta el gallo, un tema de los Beatles y se prepara el mate.-
-Y sí, no puede salir a patinar con la panza vacía.-
-Como poder, puede. Ahora, creo que le sería complicado hacerlo si no encuentra los patines.-
-Lo hace en el barro, y se ensucia, y se divierte.-
-¿Invita a sus amigos?-
-Sólo los domingos, cuando la patrona no está.-
-De lunes a sábado patina solo, de cinco a seis.-
-De cinco a seis y de seis a siete.-
-Siete son los hermanos.-
-Y seis los tíos.-
Séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón. ¿Tenés balas de plata?-
-No, tengo bolas de oro. Las llevo en el bolsillo de la camisa.-
-Esa que Lucía te planchó con tanto cariño.-
-En realidad usó la plancha, y después comimos asado y tomamos Merlot.-
-¿Y de postre?-
-De postre había budín de pan, pero se lo llevaron las hormigas.-
-Yo las vi, pero no les presté atención.-
-Yo les presté media hora, pero nunca me la devolvieron. Calculando los intereses me deben como una semana.-
-¿Tanto? Usurero. ¿Alguna vez te pidieron algo a cambio cuando te regalaron una sonrisa?-
-No, porque eran regalos. Además yo se las retribuyo siempre.-
-Las sonrisas no se devuelven. El mejor presente para uno mismo es la sonrisa en la cara ajena.-
-Estamos de acuer… ¡Ay! ¡Mierda! Pisé mierda.
-“Shit happens”.-
-¿Y sí no?-
-Y si no, mejor. Pero, ¿cómo saber?-
-Sabiendo. Sabiendo a que sabe.-
-A mierda, ¿a qué va a saber? ¿A flores?-
-A Bohedo, o a Haedo. Flores en la Chacarita.-
-Atrás de todo, bien al fondo. Al final.-
-Al final no le temo, no me “escuendo” de él. Así sople un viento fuerte del Oeste y traiga olor a budín de pan saliendo del horno.-
martes, 24 de agosto de 2010
Capítulo 6
Te miro. Me mirás y te miro. Fijamente te miro a los ojos y me zambullo en tu mirada. Inhalo profundamente para llenarme de tu perfume y aprieto las manos para quedarme con el aire que nos rodea.
Me tomo un instante mientras te miro, para guardarme ese aire en el bolsillo. Así lo puedo llevar siempre conmigo.
Hago uno, dos, tres pasos y me acerco más a vos. Pongo mi mano en tu cintura mientras la sangre viaja a velocidades inmensurables por mis extremidades.
Tomo una pausa para mirarte de cerca y disfrutar la cercanía. Te jalo hacia mí y aprieto tu cuerpo contra el mío. Pongo mis brazos en tu espalda mientras vos hacés lo mismo. Siento el calor de tu cuerpo en mi pecho, siento tus caricias en mi espalda. Siento que nos quedamos sin aire por lo fuerte que nos apretamos, y eso nos conforta en lugar de preocuparnos.
Te siento conmigo mientras el resto del mundo desaparece y nos perdemos en la nebulosa de saber que nos tenemos.
Te siento sonreír al escuchar el silencio entre los latidos de nuestros corazones, cada vez más acelerados y darte cuenta que palpitan al unísono. Como si fueran uno; como si fuéramos uno.
Me tomo un instante mientras te miro, para guardarme ese aire en el bolsillo. Así lo puedo llevar siempre conmigo.
Hago uno, dos, tres pasos y me acerco más a vos. Pongo mi mano en tu cintura mientras la sangre viaja a velocidades inmensurables por mis extremidades.
Tomo una pausa para mirarte de cerca y disfrutar la cercanía. Te jalo hacia mí y aprieto tu cuerpo contra el mío. Pongo mis brazos en tu espalda mientras vos hacés lo mismo. Siento el calor de tu cuerpo en mi pecho, siento tus caricias en mi espalda. Siento que nos quedamos sin aire por lo fuerte que nos apretamos, y eso nos conforta en lugar de preocuparnos.
Te siento conmigo mientras el resto del mundo desaparece y nos perdemos en la nebulosa de saber que nos tenemos.
Te siento sonreír al escuchar el silencio entre los latidos de nuestros corazones, cada vez más acelerados y darte cuenta que palpitan al unísono. Como si fueran uno; como si fuéramos uno.
martes, 17 de agosto de 2010
Te juro en silencio
Estás pensando en ella. Lo sé muy bien. Me lo dicen tus lágrimas sonrientes y tus labios mudos temblorosos.
Hacía tiempo que esto no te pasaba, y te sentías culpable; aunque la extrañes a diario, en lo cotidiano.
Me pone feliz que aún la pienses, que ella te de fuerzas en la situación adversa que nos tocó compartir. Te da fuerzas y te encuentra en la angustia. Mezcla explosiva de cocteles molotov y botellas de Johnny rojo. Mezcla única que te convierte en lo que sos, en lo que admiro y me gustaría ser también.
Tenés ganas de contarme de ella, pero cada vez que el aire intenta salir de tu boca se te quiebra la voz y se transforma en un gemido suspiroso que, sabés, me dice más que cualquier colección de palabras quisieras pronunciar.
A través de vos aprendí a amarla también yo. Y aunque nunca te lo haya dicho lo leíste en mi cara y mientras damos los últimos pasos del corredor te juro en silencio que mi última lágrima será para ella, libertad.
Hacía tiempo que esto no te pasaba, y te sentías culpable; aunque la extrañes a diario, en lo cotidiano.
Me pone feliz que aún la pienses, que ella te de fuerzas en la situación adversa que nos tocó compartir. Te da fuerzas y te encuentra en la angustia. Mezcla explosiva de cocteles molotov y botellas de Johnny rojo. Mezcla única que te convierte en lo que sos, en lo que admiro y me gustaría ser también.
Tenés ganas de contarme de ella, pero cada vez que el aire intenta salir de tu boca se te quiebra la voz y se transforma en un gemido suspiroso que, sabés, me dice más que cualquier colección de palabras quisieras pronunciar.
A través de vos aprendí a amarla también yo. Y aunque nunca te lo haya dicho lo leíste en mi cara y mientras damos los últimos pasos del corredor te juro en silencio que mi última lágrima será para ella, libertad.
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Te juro en silencio
martes, 10 de agosto de 2010
Sala de (des)espera(nza)
Le pedí una y mil veces que me dejara pasar, sólo me faltó arrodillarme y rogar. Pero no quería hacer una escena.
Nunca vi a alguien tan desesperado como él. Entiendo sus ganas de subir, pero hay que respetar las reglas.
Sólo quería ir a verla, nada más. No creo que sea mucho pedir.
Lo escuché y lo escuché. Traté de tranquilizarlo, pero no tuve éxito.
Le expliqué que aquel era el momento para subir, que tenía que ser entonces, que no había alternativas.
Le expliqué que en ese momento no podría subir, pero que habría otras oportunidades.
Me dijo que necesitaba descansar entonces, que yo sólo la incomodaría; como si él supiese que era lo mejor para ella.
Quise hacerle entender que lo mejor para ella era descansar en ese momento, que iba a tener otra chance de verla.
Me dio argumento vacío tras argumento vacío, estaba tan convencido de lo que tenía que hacer que ni siquiera quiso escucharme.
Le expliqué las razones de los horarios de vista, hasta le pedí por favor que no comprometiese mi trabajo.
Yo solamente quería despedirme, me costó más que nada en el mundo juntar valor para hacerlo; y éste me dijo que no podría hacerlo. No sabía si iba a tener el coraje de hacerlo en otra ocasión, pero sentía muy dentro de mí que no iba a tener otra chance.
Cuando me dijo que se había cansado de esta “discusión tonta”, me sentí aliviado; pero después lo vi sentarse en la sala de espera en lugar de salir por la puerta y confieso que me asusté.
Decidí sentarme a esperar a que me dejaran pasar, tal vez en un acto de desobediencia, o tal vez esperando algo de compasión; pero no me iba a ir sin verla.
Decidí ignorarlo, ya que no estaba haciendo nada que ameritase que le pidiese a seguridad que lo acompañe hasta la puerta.
Es increíble la indiferencia con la que me trató, no se le movió ni un pelo; ¿será que no tiene corazón?
Traté de terminar la noche en paz, no quería hacer nada que lo altere, me faltaban sólo dos horas para terminar mi guardia y ya estaba pensando en que mi negra me esperaría con el mate listo.
Se puso a hablar con un médico, ¡lo único que faltaba! Sí por lo menos me hubiese ofrecido un café calentito... sabía que mi intención era esperar aquí y podría haber hecho la espera más llevadera, pero, ¡no! El señorito decidió ponerse a parlotear.
Supuse que estaba hablando de mí porque me miraba de reojo, y eso me ponía un poco incómodo.
Después de haber hablado con el doctor Fernández pude entender que a veces es necesario romper las reglas, aunque ya era tarde. Ahora me arrepiento de no haberlo dejado subir. Ahora que miro al doctor decirle que ya no es necesario que espere, que puede pasar a verla... aunque sea tarde para despedirse.
Nunca vi a alguien tan desesperado como él. Entiendo sus ganas de subir, pero hay que respetar las reglas.
Sólo quería ir a verla, nada más. No creo que sea mucho pedir.
Lo escuché y lo escuché. Traté de tranquilizarlo, pero no tuve éxito.
Le expliqué que aquel era el momento para subir, que tenía que ser entonces, que no había alternativas.
Le expliqué que en ese momento no podría subir, pero que habría otras oportunidades.
Me dijo que necesitaba descansar entonces, que yo sólo la incomodaría; como si él supiese que era lo mejor para ella.
Quise hacerle entender que lo mejor para ella era descansar en ese momento, que iba a tener otra chance de verla.
Me dio argumento vacío tras argumento vacío, estaba tan convencido de lo que tenía que hacer que ni siquiera quiso escucharme.
Le expliqué las razones de los horarios de vista, hasta le pedí por favor que no comprometiese mi trabajo.
Yo solamente quería despedirme, me costó más que nada en el mundo juntar valor para hacerlo; y éste me dijo que no podría hacerlo. No sabía si iba a tener el coraje de hacerlo en otra ocasión, pero sentía muy dentro de mí que no iba a tener otra chance.
Cuando me dijo que se había cansado de esta “discusión tonta”, me sentí aliviado; pero después lo vi sentarse en la sala de espera en lugar de salir por la puerta y confieso que me asusté.
Decidí sentarme a esperar a que me dejaran pasar, tal vez en un acto de desobediencia, o tal vez esperando algo de compasión; pero no me iba a ir sin verla.
Decidí ignorarlo, ya que no estaba haciendo nada que ameritase que le pidiese a seguridad que lo acompañe hasta la puerta.
Es increíble la indiferencia con la que me trató, no se le movió ni un pelo; ¿será que no tiene corazón?
Traté de terminar la noche en paz, no quería hacer nada que lo altere, me faltaban sólo dos horas para terminar mi guardia y ya estaba pensando en que mi negra me esperaría con el mate listo.
Se puso a hablar con un médico, ¡lo único que faltaba! Sí por lo menos me hubiese ofrecido un café calentito... sabía que mi intención era esperar aquí y podría haber hecho la espera más llevadera, pero, ¡no! El señorito decidió ponerse a parlotear.
Supuse que estaba hablando de mí porque me miraba de reojo, y eso me ponía un poco incómodo.
Después de haber hablado con el doctor Fernández pude entender que a veces es necesario romper las reglas, aunque ya era tarde. Ahora me arrepiento de no haberlo dejado subir. Ahora que miro al doctor decirle que ya no es necesario que espere, que puede pasar a verla... aunque sea tarde para despedirse.
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martes, 3 de agosto de 2010
Comer como ellos comen
Es increíble que haya gente tratando de demostrar tu existencia, y cuando fracasan otra vez dicen que vivís en nuestros corazones; que es una cuestión de fe, o un sentimiento.
Ahora que abro la puerta del baño y te encuentro masturbándote frente al espejo, quisiera ser como ellos y comer como ellos comen.
Ahora que abro la puerta del baño y te encuentro masturbándote frente al espejo, quisiera ser como ellos y comer como ellos comen.
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martes, 27 de julio de 2010
Temor
Algunas veces me quisiste. Otras tantas te quise yo. Hubo momentos de coincidencia y los hubo también de pasión. Momentos encontrados en pálpitos mudos. Corazones silenciados repletos de temor.
Nos quisimos con locura, nos quisimos como se debe querer.
Ahora sólo me quedo con el cariño, quedate con el temor.
Nos quisimos con locura, nos quisimos como se debe querer.
Ahora sólo me quedo con el cariño, quedate con el temor.
martes, 13 de julio de 2010
Palabras
Palabras que mueren en las bocas, que mueren neutrales.
Se caen inertes al instante en que son pronunciadas.
Sus cuerpos desnudos sin voluntad se van a pasear con el viento en una suerte de cortejo fúnebre.
Pasan por los oídos de las personas más cercanas y se entierran en sus corazones. Ahora se llaman promesas.
Se caen inertes al instante en que son pronunciadas.
Sus cuerpos desnudos sin voluntad se van a pasear con el viento en una suerte de cortejo fúnebre.
Pasan por los oídos de las personas más cercanas y se entierran en sus corazones. Ahora se llaman promesas.
Una con un ratón famoso
Las fantasías paranoides tienen la terrible costumbre de, a punta de pistola, convertirse en realidad.
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Una con un ratón famoso
martes, 6 de julio de 2010
Kill you, fuck you
Kill you, fuck you. You should’ve never lied, slut.
Kill you, fuck you. You should’ve never lied, slut.
Kill you, fuck you. You should’ve never lied, slut.
Kill you, fuck you because I’ve been lied to.
Kill you, fuck you. You should’ve never lied, slut.
Kill you, fuck you. You should’ve never lied, slut.
Kill you, fuck you because I’ve been lied to.
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martes, 29 de junio de 2010
The belly ache
Mi amiga, la pequeña déspota, me dijo una vez que el spanglish es algo muy mío...
Quieto. Quieto con el tiempo, inmóvil con la tierra. Complete shutdown, collapse of the Systems.
No se va, ni me voy. Colision of the worlds.
El viento sopló ayer, el tiempo fue ayer. Beloved Collection of days.
Sin morir, sin nacer, sin ocasos, sin albas. Eternity found in emptiness.
Los mañanas devorados; dolores de panza. Clouds of cigarette smoke stand still.
Neuronas en huelga de hambre. Thoughts on strike.
Reloj sin baterías, ya no escucho tus agujas. Needles moment stuck in silence.
Palabras vacías se amontonan en las bocas. Illusion of control.
Urnas repletas de democracia. Dogs in a power trip.
La lluvia ya no cae, la lluvia ya no moja. Full moon nights aren’t here no more.
La miel en los labios se hizo corteza. There is no shaking of the knees.
Lo más nuevo de lo viejo. The oldest new thing.
Parpadeo y los ojos permanecen cerrados. Everything fits in a heartbeat.
Quieto. Quieto con el tiempo, inmóvil con la tierra. Complete shutdown, collapse of the Systems.
No se va, ni me voy. Colision of the worlds.
El viento sopló ayer, el tiempo fue ayer. Beloved Collection of days.
Sin morir, sin nacer, sin ocasos, sin albas. Eternity found in emptiness.
Los mañanas devorados; dolores de panza. Clouds of cigarette smoke stand still.
Neuronas en huelga de hambre. Thoughts on strike.
Reloj sin baterías, ya no escucho tus agujas. Needles moment stuck in silence.
Palabras vacías se amontonan en las bocas. Illusion of control.
Urnas repletas de democracia. Dogs in a power trip.
La lluvia ya no cae, la lluvia ya no moja. Full moon nights aren’t here no more.
La miel en los labios se hizo corteza. There is no shaking of the knees.
Lo más nuevo de lo viejo. The oldest new thing.
Parpadeo y los ojos permanecen cerrados. Everything fits in a heartbeat.
martes, 22 de junio de 2010
Mañana en la feria
Mañana de domingo, de sol y de pajaritos. Mañana de silencios musicales, de acuarelas verdes y de fotografías danzantes.
Mañana de ofertas en la feria. Mañana de señoras con grandes bolsas. Mañana de puestos ambulantes con nauseas.
Mañana en la que no me quiero quedar afuera y disparo hacia la feria, sin antes contar mis monedas.
Allí me llama la atención un stand en particular y un objeto en particular.
-¿Me muestra esa del rincón, por favor?-
-¿Esta de aquí?-
-Sí, esa misma, ¿me la permite?... ¿Cuánto está?-
-¿Qué? ¿La vida? La vida no vale nada.-
Mañana de ofertas en la feria. Mañana de señoras con grandes bolsas. Mañana de puestos ambulantes con nauseas.
Mañana en la que no me quiero quedar afuera y disparo hacia la feria, sin antes contar mis monedas.
Allí me llama la atención un stand en particular y un objeto en particular.
-¿Me muestra esa del rincón, por favor?-
-¿Esta de aquí?-
-Sí, esa misma, ¿me la permite?... ¿Cuánto está?-
-¿Qué? ¿La vida? La vida no vale nada.-
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Mañana en la feria
martes, 15 de junio de 2010
Esta vez es otra vez, ¿ves?
A veces sale lo peor de mí. "Ojos desatan dientes, hermano."
I warned you before, but you didn’t listen, did you? I will tear out your fucking eyelids and force you to walk around with your eyes open so you can see the wrong of your actions.
I know that you are not blind, just plain evil. Negligency is not stupid. You won’t be able to hide behind that fucking mask no more.
I will enjoy the hunt. I will enjoy chasing you, to finally catch you and have you at my will. Get ready for when I’ll strike I’ll take you down mother fucker.
I’m getting my favourite knife ready. I will cut them off you ugly ass face and feed them to you. You will eat your own eyelids and I will not hear a peep from your filthy mouth.
Then I will parade you downtown as a sign of my victory over you. I’ll take you for a walk all over the place so you can see what you’ve done, you heartless bastard.
I’ll make you wish you were dead, but I will not release you with a pull on the trigger. I’ll make you suffer worse than you ever did to anyone. I’ll be pissing on your face every second of your overrated existence. There will be an heretic party. We’ll have our glasses up and once they are empty we will cut your scale covered skin with the shreds of those same glasses after we’ll smash them down against your face.
You’ll see, I’m not like you; even though this time is not just justice I’m after. This time I wanna get even, and although I’ll never make it I shall have my revenge.
I warned you before, but you didn’t listen, did you? I will tear out your fucking eyelids and force you to walk around with your eyes open so you can see the wrong of your actions.
I know that you are not blind, just plain evil. Negligency is not stupid. You won’t be able to hide behind that fucking mask no more.
I will enjoy the hunt. I will enjoy chasing you, to finally catch you and have you at my will. Get ready for when I’ll strike I’ll take you down mother fucker.
I’m getting my favourite knife ready. I will cut them off you ugly ass face and feed them to you. You will eat your own eyelids and I will not hear a peep from your filthy mouth.
Then I will parade you downtown as a sign of my victory over you. I’ll take you for a walk all over the place so you can see what you’ve done, you heartless bastard.
I’ll make you wish you were dead, but I will not release you with a pull on the trigger. I’ll make you suffer worse than you ever did to anyone. I’ll be pissing on your face every second of your overrated existence. There will be an heretic party. We’ll have our glasses up and once they are empty we will cut your scale covered skin with the shreds of those same glasses after we’ll smash them down against your face.
You’ll see, I’m not like you; even though this time is not just justice I’m after. This time I wanna get even, and although I’ll never make it I shall have my revenge.
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Desde el bobo,
Esta vez es otra vez
martes, 8 de junio de 2010
Como Newton en la tierra de Nunca Jamás
Te vi caer. Estabas sola en el pasto y no tuve más remedio que acercarme a vos y levantarte.
Mientras caminaba hacia vos no podía quitarte la mirada de encima. Sabía que pronto mis manos sentirían la suavidad de tu piel, y que mi boca probaría tu sabor.
A cada paso que daba para acortar nuestra distancia me costaba más afirmarme en el suelo. La ansiedad se apoderaba de mi cuerpo mientras la tensión crecía anticipando el encuentro.
Me acerqué lo suficiente para poder alcanzarte al agacharme. Te mordí ahí mismo y no pareció disgustarte.
Apenas te recogí de la mullida alfombra verde te sentí firme y lista. Te imaginaba dulce, tal como lo fuiste; dulce y jugosa fruta madura, a punto para mi paladar; encontrarte en el momento preciso en que alcanzaste la gloria fue para mi un cuento de hadas devenido en realidad.
Mientras caminaba hacia vos no podía quitarte la mirada de encima. Sabía que pronto mis manos sentirían la suavidad de tu piel, y que mi boca probaría tu sabor.
A cada paso que daba para acortar nuestra distancia me costaba más afirmarme en el suelo. La ansiedad se apoderaba de mi cuerpo mientras la tensión crecía anticipando el encuentro.
Me acerqué lo suficiente para poder alcanzarte al agacharme. Te mordí ahí mismo y no pareció disgustarte.
Apenas te recogí de la mullida alfombra verde te sentí firme y lista. Te imaginaba dulce, tal como lo fuiste; dulce y jugosa fruta madura, a punto para mi paladar; encontrarte en el momento preciso en que alcanzaste la gloria fue para mi un cuento de hadas devenido en realidad.
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Desde el bobo
martes, 1 de junio de 2010
Se va pedaleando, viene pedaleando
No fue así como Gaspar relató su accidente… pero así lo escuché yo
Cuando abrí los ojos vi una multitud de personas a mi alrededor. El cemento caliente por el sol del medio día quemaba mi espalda, mi ropa estaba rasgada y tenía unos raspones.
Nadie me ofreció ayuda, estaban allí sólo de testigos del accidente. Muchos de ellos se decepcionaron cuando me levanté y caminé hasta mi bicicleta; su morbo esperaba un cadáver.
Levanté mi bicicleta del suelo, me monté en ella y comencé a pedalear. Es cierto lo que dicen: uno nunca se olvida de cómo hacerlo, ni siquiera después de un terrible golpe en la cabeza.
Fui a un bar cercano, dejando el gentío atrás. Até a “la poderosa” afuera, en el cantero de la calle Urquiza; abrí la puerta y me senté en una mesa cercana a la ventana.
Cuando vino el mozo le pedí un café con leche, dos tostadas con mermelada de frutillas y un vaso de agua.
Pasaron unos minutos y apoyó mi pedido sobre la mesa. El café con leche y las tostadas tuvieron sabor a poco, pero no podía pagar más así que debía conformarme con ese bocadillo.
Tomé el vaso de agua con mi mano izquierda, y cuando estaba a punto de beber de él vi mi reflejo en el mismo; vi los raspones y la sangre seca. Vi lo que no quería ver. Vi que en el accidente había muerto el hombre. Vi también que el espacio que dejó mi humanidad fue ocupado por la bestia.
La muerte de un hombre, el nacimiento de la indiferencia.
Cuando abrí los ojos vi una multitud de personas a mi alrededor. El cemento caliente por el sol del medio día quemaba mi espalda, mi ropa estaba rasgada y tenía unos raspones.
Nadie me ofreció ayuda, estaban allí sólo de testigos del accidente. Muchos de ellos se decepcionaron cuando me levanté y caminé hasta mi bicicleta; su morbo esperaba un cadáver.
Levanté mi bicicleta del suelo, me monté en ella y comencé a pedalear. Es cierto lo que dicen: uno nunca se olvida de cómo hacerlo, ni siquiera después de un terrible golpe en la cabeza.
Fui a un bar cercano, dejando el gentío atrás. Até a “la poderosa” afuera, en el cantero de la calle Urquiza; abrí la puerta y me senté en una mesa cercana a la ventana.
Cuando vino el mozo le pedí un café con leche, dos tostadas con mermelada de frutillas y un vaso de agua.
Pasaron unos minutos y apoyó mi pedido sobre la mesa. El café con leche y las tostadas tuvieron sabor a poco, pero no podía pagar más así que debía conformarme con ese bocadillo.
Tomé el vaso de agua con mi mano izquierda, y cuando estaba a punto de beber de él vi mi reflejo en el mismo; vi los raspones y la sangre seca. Vi lo que no quería ver. Vi que en el accidente había muerto el hombre. Vi también que el espacio que dejó mi humanidad fue ocupado por la bestia.
La muerte de un hombre, el nacimiento de la indiferencia.
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miércoles, 26 de mayo de 2010
Las piernas y las alas
Me sorprendiste de tantas maneras anoche que no podías haber hecho otra cosa por la mañana. Yo esperaba que salieses por la puerta y quedé boquiabierto cuando te vi hacerlo por la ventana. Creo haberme dañado la quijada cuando te vi abrir las alas.
Mudo te miré desaparecer en el horizonte, sabiendo que nunca volvería a verte tan linda como hoy.
Mudo te miré desaparecer en el horizonte, sabiendo que nunca volvería a verte tan linda como hoy.
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La última gota
Then the morning came
And found me lying in bed
My soul was gone
My body is still warm.
Time went to look for me
Entered the room whistling
Found my body cold
And put an end to its song.
Silence finally showed up
And saw the room all messed up
It passed out from the smell
I was already on the other plain.
What took me was the rain
Pouring down again and again
Weather setted me free
Broke the chains of slavery.
And found me lying in bed
My soul was gone
My body is still warm.
Time went to look for me
Entered the room whistling
Found my body cold
And put an end to its song.
Silence finally showed up
And saw the room all messed up
It passed out from the smell
I was already on the other plain.
What took me was the rain
Pouring down again and again
Weather setted me free
Broke the chains of slavery.
martes, 18 de mayo de 2010
Franqueza de metamorfosis
No pensé en vos ni un instante. Podría decirse que fui egoísta, pero tampoco estaba pensando en mí.
Cuando te tuve, en mi mente sólo estaba ella. Pegada a mi cuerpo estabas vos. Ella estaba lejos, cumpliendo otros sueños. Su cuerpo estaba lejos, pero ella todavía habita mis deseos.
Quise complacerla a ella y te toqué como a ella le gusta; si la pasaste bien, fue un curioso accidente.
Disfruté complaciéndola en tu cuerpo. Disfruté como complaciste el mío sin saber lo que ocurría. De haberlo sabido, supongo, no te hubieses esmerado.
Culpable de haberte engañado. Culpable de intentar engañarme. Me quedo con la mentira que me hubiese gustado creer. Hubiese querido creer que me entregaba a vos y que compartiríamos el momento.
El momento fue mío para su ausencia. Su ausencia es todo lo que me dejó y fue lo único que pude compartir con vos.
No fui franco entonces, pero siento la necesidad de serlo ahora. Ahora que no cambia nada. Ahora que tu cuerpo fue mío para que yo hiciese mi voluntad con él. Ahora que te dejé salir por la puerta. Ahora que dejaste de ser mujer y te convertiste en un acto de injusticia.
Cuando te tuve, en mi mente sólo estaba ella. Pegada a mi cuerpo estabas vos. Ella estaba lejos, cumpliendo otros sueños. Su cuerpo estaba lejos, pero ella todavía habita mis deseos.
Quise complacerla a ella y te toqué como a ella le gusta; si la pasaste bien, fue un curioso accidente.
Disfruté complaciéndola en tu cuerpo. Disfruté como complaciste el mío sin saber lo que ocurría. De haberlo sabido, supongo, no te hubieses esmerado.
Culpable de haberte engañado. Culpable de intentar engañarme. Me quedo con la mentira que me hubiese gustado creer. Hubiese querido creer que me entregaba a vos y que compartiríamos el momento.
El momento fue mío para su ausencia. Su ausencia es todo lo que me dejó y fue lo único que pude compartir con vos.
No fui franco entonces, pero siento la necesidad de serlo ahora. Ahora que no cambia nada. Ahora que tu cuerpo fue mío para que yo hiciese mi voluntad con él. Ahora que te dejé salir por la puerta. Ahora que dejaste de ser mujer y te convertiste en un acto de injusticia.
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martes, 11 de mayo de 2010
Quedate esta noche
No te vayas, quedate y pasá la noche conmigo.
Me gusta tenerte, quiero que alimentes mis sueños; y ¿Quién sabe? Tal vez mañana vuelvas a encender mi fuego.
Mi boca lleva tu sabor, ese sabor que no puedo describir, no puedo descifrar siquiera, pero que no puedo confundir con ningún otro. Ese sabor tan versátil que es capaz tanto de endulzar una derrota como de salar una herida. Condimentás mi vida.
Tengo conmigo tu canto, dulce por momentos; lleno de fuerza en otros.
En noches cerradas como la de hoy, te uso como guía, es en este tipo de noches cuando más fuerte brilla tu luz, la que me rescata cuando el mundo me quiere enceguecer.
Conmigo está tu calor, que me abriga y me cobija engañando al tiempo, engañando también a los elementos.
Son varias las razones por las que te quiero aquí, por las que no quiero perderte. El hecho de que seas lo último que se pierde, que esté tan aferrado a vos; implica que me estás dejando vacío al irte de paseo en la caja de un camión.
Me gusta tenerte, quiero que alimentes mis sueños; y ¿Quién sabe? Tal vez mañana vuelvas a encender mi fuego.
Mi boca lleva tu sabor, ese sabor que no puedo describir, no puedo descifrar siquiera, pero que no puedo confundir con ningún otro. Ese sabor tan versátil que es capaz tanto de endulzar una derrota como de salar una herida. Condimentás mi vida.
Tengo conmigo tu canto, dulce por momentos; lleno de fuerza en otros.
En noches cerradas como la de hoy, te uso como guía, es en este tipo de noches cuando más fuerte brilla tu luz, la que me rescata cuando el mundo me quiere enceguecer.
Conmigo está tu calor, que me abriga y me cobija engañando al tiempo, engañando también a los elementos.
Son varias las razones por las que te quiero aquí, por las que no quiero perderte. El hecho de que seas lo último que se pierde, que esté tan aferrado a vos; implica que me estás dejando vacío al irte de paseo en la caja de un camión.
martes, 4 de mayo de 2010
8 días y algunos cubos blancos
-Adelante, por favor.- dijo ella, en una voz muy cálida que me acarició los oídos.
Dejé la revista dominical de un periódico que está fuera de circulación hace al menos cuatro años y me levanté de mi silla con un golpe seco de las plantas de mis pies sobre el alfombrado.
Caminé lentamente hacia la puerta. Mi atención estaba dividida entre la copia de “El Espejo” de Picasso colgado en la pared a mi izquierda y ella envuelta en su uniforme delante de mí, guiándome por el pasillo que lleva a la otra habitación.
Caminé en una perfecta línea recta, hasta que su voz volvió a romper el silencio. –Hasta aquí llego yo.- Y sentí la puerta cerrarse detrás de mí.
Comencé a sentir un leve mareo a causa de la pintura fresca de ese pequeño cuarto sin ventanas. Al cabo de unos minutos apareció un fuerte dolor de cabeza, como si mi materia gris quisiese escapar del cráneo que la contiene para que no pueda ser utilizada de manera que se aproveche todo su potencial. Ese dolor que se siente como si fuese presión, como cuando el desplazamiento de las placas tectónicas causa que éstas se encuentren.
Esperaba el terremoto que me libere de este sufrimiento, que tal vez haya llegado después de que me desvanecí.
Cuando volví en mí, había dejado atrás el cuarto, ese pequeño cuarto que era un simétrico cubo blanco.
Caía de espaldas. No sentía vértigo. De hecho, me sentía tranquilo, como si hubiese hecho las paces con el mundo. Me sentía tan bien que no se me ocurrió que esta sensación terminaría y poder desear con todas mis fuerzas que no fuese así antes de que suceda.
Finalmente aterricé en un suave colchón de plumas de ganso, apoyado sobre el regazo de un gigante que me acariciaba la frente.
No podía ver bien debido a que tenía luces muy fuertes apuntándome directamente desde el techo. Alguna de esas luces podría ser el agujero por el que caí.
De repente sentí algo que bloqueaba tanto el calor como el brillo enceguecedor de las luces. Pude volver a distinguir formas y colores, pasados unos segundos.
Conseguí darme cuenta de que aquello que impedía que la luz me siga quemando las retinas era la cabeza de otro gigante. Éste me miraba concentrado, detrás de su larga y tupida barba blanca y debajo de su gran sombrero negro que utilizaba, seguramente, para ocultar la calvicie.
Este último balbuceaba algunos cánticos en un idioma incomprensible mientras con su mano derecha buscaba una herramienta, cuidadosamente dispuesta sobre una gran mesa a su lado.
Soltó el libro del que leía. Lo sostenía con su otra mano, la izquierda. Y la deslizó debajo de mi cintura.
Miré al gigante que ahora en lugar de acariciarme la frente me sostenía fuertemente rogándole que interviniese, pero parecía estar encantado con el terror en mis ojos.
Mi cuerpo entero temblaba al ver que la mano derecha que sostenía la herramienta, también buscaba incursionar en mi entrepierna.
Gotas de desesperación transformadas en sudor corrían sobre mí. Luché hasta el último momento, pero fue en vano. Mutilaron mi cuerpo. El dolor y la humillación me hicieron desear estar de vuelta en la diminuta habitación blanca, sufriendo de las jaquecas que me causaba ese lugar. No fue así.
Los gigantes comenzaron a abrazarse entre sí, mientras uno de ellos intentaba calmarme diciéndome que ya todo había pasado. Luego me llevaron a la habitación contigua donde comieron y bebieron hasta el hartazgo.
Cuando la última de mis lágrimas se secó, uno de ellos se acercó a mí; me miró y finalmente dejó escapar unas palabras de su boca llena de migajas:
-¡Bienvenido al mundo!-
Recuerdo que en aquel entonces pensé que no quería vivir en un mundo así.
Pasaron algunos años. Tengo su tamaño ahora. Ya no todos se atreven a intentar dañarme, soy más fuerte que entonces y puedo defenderme.
Lamentablemente en algunos grupos de la humanidad esta práctica continúa siendo motivo de festejo.
El tiempo pasa en vano. El hombre no aprende, la humanidad no avanza. El mundo no cambia.
El mundo no cambia, es uno el que lo hace. Lo hace para poder defenderse y defender a los suyos de atrocidades de todo tipo. No siempre se consigue y a pesar de nuestras armas y escudos somos vulnerables. La vulnerabilidad nos ayuda a crecer. Agradecido estoy de poder sufrir, el dolor simplifica la realidad. Realidad confusa y estática. Realidad de simétricos cubos blancos.
Dejé la revista dominical de un periódico que está fuera de circulación hace al menos cuatro años y me levanté de mi silla con un golpe seco de las plantas de mis pies sobre el alfombrado.
Caminé lentamente hacia la puerta. Mi atención estaba dividida entre la copia de “El Espejo” de Picasso colgado en la pared a mi izquierda y ella envuelta en su uniforme delante de mí, guiándome por el pasillo que lleva a la otra habitación.
Caminé en una perfecta línea recta, hasta que su voz volvió a romper el silencio. –Hasta aquí llego yo.- Y sentí la puerta cerrarse detrás de mí.
Comencé a sentir un leve mareo a causa de la pintura fresca de ese pequeño cuarto sin ventanas. Al cabo de unos minutos apareció un fuerte dolor de cabeza, como si mi materia gris quisiese escapar del cráneo que la contiene para que no pueda ser utilizada de manera que se aproveche todo su potencial. Ese dolor que se siente como si fuese presión, como cuando el desplazamiento de las placas tectónicas causa que éstas se encuentren.
Esperaba el terremoto que me libere de este sufrimiento, que tal vez haya llegado después de que me desvanecí.
Cuando volví en mí, había dejado atrás el cuarto, ese pequeño cuarto que era un simétrico cubo blanco.
Caía de espaldas. No sentía vértigo. De hecho, me sentía tranquilo, como si hubiese hecho las paces con el mundo. Me sentía tan bien que no se me ocurrió que esta sensación terminaría y poder desear con todas mis fuerzas que no fuese así antes de que suceda.
Finalmente aterricé en un suave colchón de plumas de ganso, apoyado sobre el regazo de un gigante que me acariciaba la frente.
No podía ver bien debido a que tenía luces muy fuertes apuntándome directamente desde el techo. Alguna de esas luces podría ser el agujero por el que caí.
De repente sentí algo que bloqueaba tanto el calor como el brillo enceguecedor de las luces. Pude volver a distinguir formas y colores, pasados unos segundos.
Conseguí darme cuenta de que aquello que impedía que la luz me siga quemando las retinas era la cabeza de otro gigante. Éste me miraba concentrado, detrás de su larga y tupida barba blanca y debajo de su gran sombrero negro que utilizaba, seguramente, para ocultar la calvicie.
Este último balbuceaba algunos cánticos en un idioma incomprensible mientras con su mano derecha buscaba una herramienta, cuidadosamente dispuesta sobre una gran mesa a su lado.
Soltó el libro del que leía. Lo sostenía con su otra mano, la izquierda. Y la deslizó debajo de mi cintura.
Miré al gigante que ahora en lugar de acariciarme la frente me sostenía fuertemente rogándole que interviniese, pero parecía estar encantado con el terror en mis ojos.
Mi cuerpo entero temblaba al ver que la mano derecha que sostenía la herramienta, también buscaba incursionar en mi entrepierna.
Gotas de desesperación transformadas en sudor corrían sobre mí. Luché hasta el último momento, pero fue en vano. Mutilaron mi cuerpo. El dolor y la humillación me hicieron desear estar de vuelta en la diminuta habitación blanca, sufriendo de las jaquecas que me causaba ese lugar. No fue así.
Los gigantes comenzaron a abrazarse entre sí, mientras uno de ellos intentaba calmarme diciéndome que ya todo había pasado. Luego me llevaron a la habitación contigua donde comieron y bebieron hasta el hartazgo.
Cuando la última de mis lágrimas se secó, uno de ellos se acercó a mí; me miró y finalmente dejó escapar unas palabras de su boca llena de migajas:
-¡Bienvenido al mundo!-
Recuerdo que en aquel entonces pensé que no quería vivir en un mundo así.
Pasaron algunos años. Tengo su tamaño ahora. Ya no todos se atreven a intentar dañarme, soy más fuerte que entonces y puedo defenderme.
Lamentablemente en algunos grupos de la humanidad esta práctica continúa siendo motivo de festejo.
El tiempo pasa en vano. El hombre no aprende, la humanidad no avanza. El mundo no cambia.
El mundo no cambia, es uno el que lo hace. Lo hace para poder defenderse y defender a los suyos de atrocidades de todo tipo. No siempre se consigue y a pesar de nuestras armas y escudos somos vulnerables. La vulnerabilidad nos ayuda a crecer. Agradecido estoy de poder sufrir, el dolor simplifica la realidad. Realidad confusa y estática. Realidad de simétricos cubos blancos.
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martes, 27 de abril de 2010
De una noche de Febreros y cervezas
Desde el primer momento que te vi, supe que no eras para mí; por eso te dejaré ir con la llegada del alba.
No me mal interpretes, me gusta mucho que nos acompañemos en la soledad y que hayamos sucumbido ante lo más primitivo de nuestra humanidad.
Compartimos algunos orgasmos y nada más. Nunca buscamos un pensamiento o un sentimiento en el otro. No fue eso lo que nos juntó. Fue la carne lo que nos juntó. No me enorgullece este hecho, y desde lo poco que te conocí en un pretendido cotejo, no creo que estés orgullosa tampoco. Disfrutamos nuestras vergüenzas e incluso podríamos llegar a repetirlas, juntos o con otros socios.
Placer vacío. Placer que perece en un instante. Placer banal. Placer insignificante. Placer terrenal. Placer animal.
Satisfechos e insatisfechos a la vez nos miramos exhaustos. Mirás mi pecho inflarse y desinflarse con cada pitada al cigarrillo. Yo miro tus ojos que cada vez que parpadean les cuesta más volver a abrirse. Los miro y no me quiero arrancar los míos.
Fue lo que tuvo que ser; un poster mal pegado en la pared que sostenía un Chagall; no es que no lo disfrute, pero si me dan a elegir entre “París desde mi ventana” y “Paris Hilton” la decisión no me angustia.
Mañana volveremos a ser extraños, pero esta noche nos tenemos de placebos. Esta noche encontramos algo de paz el uno en el otro. Esta noche termina igual que las demás. Esta noche termina con la luz atravesando la ventana. Esta noche termina en soledad, en soledad pero acompañado.
No me mal interpretes, me gusta mucho que nos acompañemos en la soledad y que hayamos sucumbido ante lo más primitivo de nuestra humanidad.
Compartimos algunos orgasmos y nada más. Nunca buscamos un pensamiento o un sentimiento en el otro. No fue eso lo que nos juntó. Fue la carne lo que nos juntó. No me enorgullece este hecho, y desde lo poco que te conocí en un pretendido cotejo, no creo que estés orgullosa tampoco. Disfrutamos nuestras vergüenzas e incluso podríamos llegar a repetirlas, juntos o con otros socios.
Placer vacío. Placer que perece en un instante. Placer banal. Placer insignificante. Placer terrenal. Placer animal.
Satisfechos e insatisfechos a la vez nos miramos exhaustos. Mirás mi pecho inflarse y desinflarse con cada pitada al cigarrillo. Yo miro tus ojos que cada vez que parpadean les cuesta más volver a abrirse. Los miro y no me quiero arrancar los míos.
Fue lo que tuvo que ser; un poster mal pegado en la pared que sostenía un Chagall; no es que no lo disfrute, pero si me dan a elegir entre “París desde mi ventana” y “Paris Hilton” la decisión no me angustia.
Mañana volveremos a ser extraños, pero esta noche nos tenemos de placebos. Esta noche encontramos algo de paz el uno en el otro. Esta noche termina igual que las demás. Esta noche termina con la luz atravesando la ventana. Esta noche termina en soledad, en soledad pero acompañado.
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martes, 20 de abril de 2010
12:34
-Uno por favor.-
-50 pesos.- Me dijo.
Miré mi billetera y busqué a Sarmiento. Se lo cambié por el boleto. De los papeles impresos que intercambiamos, creo haberme llevado el mejor. Casi cualquier cosa en este mundo supera a un retrato suyo.
Caminé hasta el andén y me senté en un banco cercano a las vías. La estación estaba vacía y eso me asustaba un poco.
Miré mi reloj. Doce en punto. Faltan treinta y cuatro minutos.
Decidí que era un buen momento para que el humo de tabaco que quemaría baile con mis pulmones.
Al terminar el vals me sentí satisfecho. La música se llevó de paseo a mi ansiedad, pero sólo momentáneamente.
Cuando ella volvió, todavía faltaban varios minutos.
Miré a mi alrededor. Seguía siendo la única persona en el andén. Las boleterías ya habían cerrado, llevándose a los trabajadores a sus casas. Ellos apagaron las luces antes de partir. Ahora sí que estaba asustado. Para calmarme, imaginaba escuchar al tren llegando a la estación.
Sabía que no era real, pues faltaban quince minutos todavía, y nunca se ha registrado un caso en la historia en que lo esperado llegue antes de lo previsto. Excepto la muerte, claro.
Escuchar a la madera deshincharse entre el chirrido de los roedores y el canto de los grillos me alteraba, por lo que decidí colocar los auriculares en mis oídos. Sigur Ros siempre me ayudó a relajarme.
La espera se hizo más amena. Cuando pude ver la luz acercándose desde lo lejos y escuchar el ruido torpe más fuerte que la música, supe que pronto estaría de vuelta en casa.
El tren se acerca, pero viene muy rápido. Decidí acercarme a las vías y mover mis brazos para avisar que aquí estoy. Listo para abordar, boleto en mano y liviano de equipaje. Está llegando y no disminuye la velocidad.
Aturdido por el ruido y despeinado por el viento quedé cuando pasó de largo sin siquiera amagar a parar en la estación, como correspondía.
Parece que voy a pasar la noche acá. Noche larga me espera, así como yo esperé las 12:34.
Mañana volveré a casa. Mañana está lejos, y mi casa también.
-50 pesos.- Me dijo.
Miré mi billetera y busqué a Sarmiento. Se lo cambié por el boleto. De los papeles impresos que intercambiamos, creo haberme llevado el mejor. Casi cualquier cosa en este mundo supera a un retrato suyo.
Caminé hasta el andén y me senté en un banco cercano a las vías. La estación estaba vacía y eso me asustaba un poco.
Miré mi reloj. Doce en punto. Faltan treinta y cuatro minutos.
Decidí que era un buen momento para que el humo de tabaco que quemaría baile con mis pulmones.
Al terminar el vals me sentí satisfecho. La música se llevó de paseo a mi ansiedad, pero sólo momentáneamente.
Cuando ella volvió, todavía faltaban varios minutos.
Miré a mi alrededor. Seguía siendo la única persona en el andén. Las boleterías ya habían cerrado, llevándose a los trabajadores a sus casas. Ellos apagaron las luces antes de partir. Ahora sí que estaba asustado. Para calmarme, imaginaba escuchar al tren llegando a la estación.
Sabía que no era real, pues faltaban quince minutos todavía, y nunca se ha registrado un caso en la historia en que lo esperado llegue antes de lo previsto. Excepto la muerte, claro.
Escuchar a la madera deshincharse entre el chirrido de los roedores y el canto de los grillos me alteraba, por lo que decidí colocar los auriculares en mis oídos. Sigur Ros siempre me ayudó a relajarme.
La espera se hizo más amena. Cuando pude ver la luz acercándose desde lo lejos y escuchar el ruido torpe más fuerte que la música, supe que pronto estaría de vuelta en casa.
El tren se acerca, pero viene muy rápido. Decidí acercarme a las vías y mover mis brazos para avisar que aquí estoy. Listo para abordar, boleto en mano y liviano de equipaje. Está llegando y no disminuye la velocidad.
Aturdido por el ruido y despeinado por el viento quedé cuando pasó de largo sin siquiera amagar a parar en la estación, como correspondía.
Parece que voy a pasar la noche acá. Noche larga me espera, así como yo esperé las 12:34.
Mañana volveré a casa. Mañana está lejos, y mi casa también.
martes, 13 de abril de 2010
Cronicidad de confesiones vacías
-¡Ahora vas a ver lo que es sufrir, hijo de puta!- y sentí el golpe en la nuca. Quise explicarle que no era yo a quién buscaba, que se había equivocadote persona; pero cada vez que lo intentaba, me respondía con un soberbio: “nosotros no cometemos errores” y volvía a empujar mi cabeza al agua helada, casi hasta que se acabe el aire que podía mantener en mis pulmones.
Cuando pasamos a la electricidad traté de convencerlo de que me dejara ir, ya que nunca me había quitado la venda de los ojos, no le había visto la cara y si nos cruzábamos en la calle no iba a poder reconocerlo; pero no se dejaba persuadir.
Cada método que usa para hacerme confesar, es más doloroso que el anterior. Pero no tengo nada que confesar; le conté la historia de mi vida, todo lo que recuerdo hasta que llegó a mí; pero no parece ser lo que quiere escuchar. No es lo que está buscando. Tal vez no sea lo que está buscando porque encontró a la persona equivocada.
Ya perdí la cuenta, y no se hace cuanto sufro estas torturas, pero hay algo que sé con toda seguridad: éste que se hace llamar “karma” va a seguir con su juego hasta que alguno de los dos desaparezca. El muy necio está obsesionado conmigo y con mis “actos criminales no confesos” y por como se están dando las cosas, todo indica que voy a ser yo el primero en desaparecer.
Cuando pasamos a la electricidad traté de convencerlo de que me dejara ir, ya que nunca me había quitado la venda de los ojos, no le había visto la cara y si nos cruzábamos en la calle no iba a poder reconocerlo; pero no se dejaba persuadir.
Cada método que usa para hacerme confesar, es más doloroso que el anterior. Pero no tengo nada que confesar; le conté la historia de mi vida, todo lo que recuerdo hasta que llegó a mí; pero no parece ser lo que quiere escuchar. No es lo que está buscando. Tal vez no sea lo que está buscando porque encontró a la persona equivocada.
Ya perdí la cuenta, y no se hace cuanto sufro estas torturas, pero hay algo que sé con toda seguridad: éste que se hace llamar “karma” va a seguir con su juego hasta que alguno de los dos desaparezca. El muy necio está obsesionado conmigo y con mis “actos criminales no confesos” y por como se están dando las cosas, todo indica que voy a ser yo el primero en desaparecer.
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Razonar con el culo
Es bien sabido que, en nuestro idioma, el prefijo “a” implica negación. Por ejemplo: si uso la palabra “anormal” para definir a un objeto, estoy diciendo que el mismo no es normal. Lo mismo ocurre con muchas otras palabras.
Pero, ¿Qué sucede con la palabra “ano”? ¿Es acaso una doble negación? A = no, no = no. De ser así estaría negando la negación, convirtiéndose entonces, en una afirmación; “ano” sería así sinónimo de “si”.
¿Y la palabra acogedor? Mejor no abro esa puerta hoy…
Pero, ¿Qué sucede con la palabra “ano”? ¿Es acaso una doble negación? A = no, no = no. De ser así estaría negando la negación, convirtiéndose entonces, en una afirmación; “ano” sería así sinónimo de “si”.
¿Y la palabra acogedor? Mejor no abro esa puerta hoy…
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martes, 6 de abril de 2010
Seba se va
Ahí se va.
Se va sin despedirse. Se va sin decir adiós.
Se va dejando atrás su sombra. Se va dejando huecos nuestros abrazos.
Se va mojando nuestros ojos, llenándolos de lágrimas.
Se va. Se va y no mira atrás. Sabe lo que deja. Sabe que no va a volver.
Se va. Se va cada vez más lejos de nosotros. Cada paso lo aleja más del suelo.
Se va. Se va dejando atrás el letargo.
Se va a donde iremos todos.
Seba se va y me gustaría desearle: “Que en paz descanse”
Se va sin despedirse. Se va sin decir adiós.
Se va dejando atrás su sombra. Se va dejando huecos nuestros abrazos.
Se va mojando nuestros ojos, llenándolos de lágrimas.
Se va. Se va y no mira atrás. Sabe lo que deja. Sabe que no va a volver.
Se va. Se va cada vez más lejos de nosotros. Cada paso lo aleja más del suelo.
Se va. Se va dejando atrás el letargo.
Se va a donde iremos todos.
Seba se va y me gustaría desearle: “Que en paz descanse”
Guiños, sonrisas, globos y guirnaldas
A "Maníes", Donde quiera que estés ahora...
Te hice un guiño, y sin decirte las palabras, te pedí una sonrisa.
No sé que fue lo que dibujó una en mi cara; que entendieses ese guiño, o que simplemente me la dieras.
Ese momento en que dos personas que no se conocen, que se ven por primera vez; se entienden sin palabras y entran en sintonía, es mágico. En ese momento la tierra se detiene y el mundo se queda mudo.
Yo también quedé mudo entonces. Mudo y cautivado por tu sonrisa. Me hubiese gustado tener voz para pedirte algo más.
Lo bueno es que la tierra se detuvo y por eso sigo frente a tu sonrisa, y vos frente a la mía.
Te hice un guiño, y sin decirte las palabras, te pedí una sonrisa.
No sé que fue lo que dibujó una en mi cara; que entendieses ese guiño, o que simplemente me la dieras.
Ese momento en que dos personas que no se conocen, que se ven por primera vez; se entienden sin palabras y entran en sintonía, es mágico. En ese momento la tierra se detiene y el mundo se queda mudo.
Yo también quedé mudo entonces. Mudo y cautivado por tu sonrisa. Me hubiese gustado tener voz para pedirte algo más.
Lo bueno es que la tierra se detuvo y por eso sigo frente a tu sonrisa, y vos frente a la mía.
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miércoles, 31 de marzo de 2010
Gobierno del corazón
A los que nos gobierna el corazón la risa nos sale bien de adentro, y se nos ve en los ojos. Esos ojos que suelen inundarse seguido, porque sentimos las injusticias del mundo en nuestra carne, aunque el cerebro nos diga que no nos afectan y la panza nos diga que está llena.
Los gobernados por el corazón, a veces somos catalogados de impulsivos o hasta cabrones, pero lo que más nos define es que somos enamoradizos; que nos gusta compartir lo que tenemos y lo que no.
A los que nos gobierna el corazón nos marcan nuestras luchas; y aunque a veces no salgamos victoriosos llevamos siempre la frente en alto porque dejamos la vida en cada batalla.
Los gobernados por el corazón, dejamos la vida en la vida.
Los gobernados por el corazón, a veces somos catalogados de impulsivos o hasta cabrones, pero lo que más nos define es que somos enamoradizos; que nos gusta compartir lo que tenemos y lo que no.
A los que nos gobierna el corazón nos marcan nuestras luchas; y aunque a veces no salgamos victoriosos llevamos siempre la frente en alto porque dejamos la vida en cada batalla.
Los gobernados por el corazón, dejamos la vida en la vida.
Todos arriba
Cuando alguno de nosotros decide dejar a los demás, termina muriendo ahogado, aplastado contra la pared o en un plato de comida.
Nuestro lugar es la cima, pero para estar allí debemos estar todos juntos; juntos somos una fuerza increíble, capaz de atraer al más necio.
En soledad, fuera de lugar, somos repulsivos y hasta causamos temor. Debemos mantener la unidad aunque nos cueste discusiones interminables. Debemos mantenerla por el bien común; porque cuando quedamos pocos ahí arriba, nos podan a todos.
Nuestro lugar es en lo más alto de la humanidad, pero nadie nos dijo que iba a ser difícil mantenernos allí. Nadie nos dijo que iba a ser difícil ser un cabello.
Nuestro lugar es la cima, pero para estar allí debemos estar todos juntos; juntos somos una fuerza increíble, capaz de atraer al más necio.
En soledad, fuera de lugar, somos repulsivos y hasta causamos temor. Debemos mantener la unidad aunque nos cueste discusiones interminables. Debemos mantenerla por el bien común; porque cuando quedamos pocos ahí arriba, nos podan a todos.
Nuestro lugar es en lo más alto de la humanidad, pero nadie nos dijo que iba a ser difícil mantenernos allí. Nadie nos dijo que iba a ser difícil ser un cabello.
martes, 23 de marzo de 2010
El tiempo
El tiempo se va, se va y no vuelve.
Dicen algunos que vuela, pero no tiene alas.
Dicen otros que corre, pero no tiene piernas.
El tiempo podrá volar sin alas, correr sin piernas.
El tiempo se va, se va y no vuelve.
Dicen algunos que vuela, pero no tiene alas.
Dicen otros que corre, pero no tiene piernas.
El tiempo podrá volar sin alas, correr sin piernas.
El tiempo se va, se va y no vuelve.
Sueño
Cuando entraron en su casa, a revisar sus pertenencias, encontraron la nota sobre la cama:
“Es culpa tuya. Que la carga te quite el sueño, como vos me lo quitaste a mí.
Qué bueno que el pavimento me ayudó a encontrar el sueño eterno.”
“Es culpa tuya. Que la carga te quite el sueño, como vos me lo quitaste a mí.
Qué bueno que el pavimento me ayudó a encontrar el sueño eterno.”
martes, 16 de marzo de 2010
Bobo
Ahí está. Malherido otra vez. Sobrevivió siempre. Esta vez no será la excepción. Va a curarse, para volver otra vez a la unidad de terapia intensiva en el futuro.
El corazón es así, con sus altibajos en cuanto a la salud. A veces parece que no puede dejar de bombear sangre, y otras parece no tener más ganas de latir.
Sana, y sana otra vez, tan sólo para volver a lastimarse profundamente.
El corazón es así, con sus altibajos en cuanto a la salud. A veces parece que no puede dejar de bombear sangre, y otras parece no tener más ganas de latir.
Sana, y sana otra vez, tan sólo para volver a lastimarse profundamente.
viernes, 12 de marzo de 2010
Nube
Hoy me vestí de nube otra vez. Prefiero el disfraz de día soleado, el que hace reír, pero no lo encuentro. ¿Te lo habrás llevado por error? Te llevaste tantas cosas contigo, pero, ¿Por qué el disfraz de día soleado? ¿Por qué la luz? ¿Por qué el calor? ¿Por qué te culpo? ¿Y sí lo perdí yo? ¿Y sí se confundió el muchacho de la lavandería? No lo sé, y no importa tampoco.
Hoy soy una gran nube gris. Floto en el aire, sin dirección. No voy a ningún lado porque no tengo donde ir. Me quedo a arruinarle la tarde a los que disfrutan del parque, de la playa. Ellos prefieren el día soleado. ¿Y yo? Yo también. Pero no me puedo despejar.
Soy una gran nube gris que hará llover por sus ojos hasta desvanecerse.
Hoy soy una gran nube gris. Floto en el aire, sin dirección. No voy a ningún lado porque no tengo donde ir. Me quedo a arruinarle la tarde a los que disfrutan del parque, de la playa. Ellos prefieren el día soleado. ¿Y yo? Yo también. Pero no me puedo despejar.
Soy una gran nube gris que hará llover por sus ojos hasta desvanecerse.
De nuevo, otra vez
Sigo abrazado a tu ausencia. La misma que no me deja dormir. Te extraño, me hacés falta. Aunque no te necesite para vivir, necesito lo que te llevaste de mí.
Quisiera volver a sonreír, volver a mentirme y dejarme mentir, porque aunque yo lo acabe de descubrir, vos siempre supiste que era así. Siempre supiste que era todo una mentira, pequeña Súcubo.
Quisiera volver a sonreír, volver a mentirme y dejarme mentir, porque aunque yo lo acabe de descubrir, vos siempre supiste que era así. Siempre supiste que era todo una mentira, pequeña Súcubo.
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martes, 9 de marzo de 2010
Visita
Hoy al despertar me di cuenta que anoche tampoco me viniste a visitar. Quisiera que lo mantengamos así por un tiempo. No sé cuanto, pero no quiero esperar tu visita esta noche.
Reconozco que tiempo atrás tuve mis fantasías al respecto, pero fueron sólo eso, fantasías. Fantaseaba con que me visites, o que visites a otras personas; pero aprendí que solés hacer las cosas a tu manera. A veces te llamamos gritando con todo el aire de nuestros pulmones, y nada; otras veces te ignoramos y nos sorprendes con tu visita. En algunos casos obtenemos el resultado esperado, pero tan sólo por decisión tuya.
En un futuro, espero lejano, cuando me visites te voy a preparar un café. El más rico que hayas tomado; también voy a comprar facturas, espero que te gusten las rellenas con dulce de leche. Me gustarías que hablemos, que hablemos largo y tendido a calzón quitado. Que discutamos historia y política; que abramos nuestros corazones y compartamos nuestros amores y desamores; que charlemos de amistad, de guerra y de arte, que…
-Hola- no te esperaba en este momento. No estoy listo todavía. No hay facturas y no hay café. -¿Qué? ¿No querés hablar?- Era de esperarse, siempre hacés las cosas a tu manera. -¿No puede ser en otro momento? ¿No? Está bien, llevame contigo. Pero te pido un favor: que sea rápido…-
Reconozco que tiempo atrás tuve mis fantasías al respecto, pero fueron sólo eso, fantasías. Fantaseaba con que me visites, o que visites a otras personas; pero aprendí que solés hacer las cosas a tu manera. A veces te llamamos gritando con todo el aire de nuestros pulmones, y nada; otras veces te ignoramos y nos sorprendes con tu visita. En algunos casos obtenemos el resultado esperado, pero tan sólo por decisión tuya.
En un futuro, espero lejano, cuando me visites te voy a preparar un café. El más rico que hayas tomado; también voy a comprar facturas, espero que te gusten las rellenas con dulce de leche. Me gustarías que hablemos, que hablemos largo y tendido a calzón quitado. Que discutamos historia y política; que abramos nuestros corazones y compartamos nuestros amores y desamores; que charlemos de amistad, de guerra y de arte, que…
-Hola- no te esperaba en este momento. No estoy listo todavía. No hay facturas y no hay café. -¿Qué? ¿No querés hablar?- Era de esperarse, siempre hacés las cosas a tu manera. -¿No puede ser en otro momento? ¿No? Está bien, llevame contigo. Pero te pido un favor: que sea rápido…-
Mi sostenido en clave de sol
Se dice que nadie en este mundo es necesario, mucho menos imprescindible. Pero yo me necesito. No puedo vivir sin mí, por más que lo intente, no puedo dejarme.
Nunca pude escapar de mí. No pude escapar de mi piel, y mucho menos de mi mente. Preso de mi mismo, sujeto a mi propia voluntad. Todo sistema de voluntades es injusto, yo no soy la excepción.
Déspota, dictador, tirano; derrocado y puesto al mando tantas veces como fueron necesarias, tantas veces como amaneceres hubo en mi vida. En cada amanecer recupero la voluntad y con ella la injusticia que había dejado en la almohada.
Es muy cierto que, en realidad, la parte de mí que está al mando es la insurrecta; la que sale más de noche porque la maquinaria represiva de mi parte representativa descansa. Pero de día también está; y la podemos ver en los graffitis, en las consignas pintadas en mí.
Dualidad y contradicción. Sin bien y sin mal, sin héroe ni villano. Sólo conmigo. Abrazado a mí, sin dejarme ir. Necesito soltarme, pero no puedo. Soy mi pasado y mi presente, condenado a ser mi futuro. Cadena perpetua en la más antigua de las prisiones, uno mismo. Cárcel de máxima seguridad, que para escapar hay que dejar el último aliento y exhalar por última vez. Así se obtiene la libertad, libertad que no se puede disfrutar.
Nunca pude escapar de mí. No pude escapar de mi piel, y mucho menos de mi mente. Preso de mi mismo, sujeto a mi propia voluntad. Todo sistema de voluntades es injusto, yo no soy la excepción.
Déspota, dictador, tirano; derrocado y puesto al mando tantas veces como fueron necesarias, tantas veces como amaneceres hubo en mi vida. En cada amanecer recupero la voluntad y con ella la injusticia que había dejado en la almohada.
Es muy cierto que, en realidad, la parte de mí que está al mando es la insurrecta; la que sale más de noche porque la maquinaria represiva de mi parte representativa descansa. Pero de día también está; y la podemos ver en los graffitis, en las consignas pintadas en mí.
Dualidad y contradicción. Sin bien y sin mal, sin héroe ni villano. Sólo conmigo. Abrazado a mí, sin dejarme ir. Necesito soltarme, pero no puedo. Soy mi pasado y mi presente, condenado a ser mi futuro. Cadena perpetua en la más antigua de las prisiones, uno mismo. Cárcel de máxima seguridad, que para escapar hay que dejar el último aliento y exhalar por última vez. Así se obtiene la libertad, libertad que no se puede disfrutar.
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Mi sostenido en clave de sol
miércoles, 3 de marzo de 2010
Contradicción dolorosa
Siempre estuviste presente. En cada pálpito, en cada paso. Cuando pensé que te había dejado atrás me alcanzaste, como siempre.
A veces corrés de atrás, bien por detrás y no me dejás más remedio que disminuir la velocidad de la marcha, tomarme mi tiempo, dar un paso al costado; para tenerte conmigo.
¿Sabés? A veces me gustaría dejarte, aunque sea por un instante, en el cajón de la mesita de luz; entre los preservativos y los dientes postizos. Pero me cuesta hacerlo. Me cuesta hacerlo porque vos me recordás a diario que estoy vivo. Traes a mi lo bueno y lo malo; lo que vino y lo que vendrá. Son esos instantes en que más te tengo, los que menos te quiero conmigo; necesito tanto despegarme de vos que te aprieto fuerte para que te quedes conmigo.
Ay dolor, hoy hiciste correr otra lágrima por mis mejillas.
A veces corrés de atrás, bien por detrás y no me dejás más remedio que disminuir la velocidad de la marcha, tomarme mi tiempo, dar un paso al costado; para tenerte conmigo.
¿Sabés? A veces me gustaría dejarte, aunque sea por un instante, en el cajón de la mesita de luz; entre los preservativos y los dientes postizos. Pero me cuesta hacerlo. Me cuesta hacerlo porque vos me recordás a diario que estoy vivo. Traes a mi lo bueno y lo malo; lo que vino y lo que vendrá. Son esos instantes en que más te tengo, los que menos te quiero conmigo; necesito tanto despegarme de vos que te aprieto fuerte para que te quedes conmigo.
Ay dolor, hoy hiciste correr otra lágrima por mis mejillas.
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martes, 23 de febrero de 2010
El agujero en el cristal
La luz besaba el agujero en el cristal que había dejado la roca, y decidieron escapar por allí.
¿Quién habrá arrojado el proyectil desde afuera? ¿Por qué lo habrá hecho? Son preguntas que ninguno se atrevió a hacerse. Lo importante era no estar más confinados a la prisión de cristal.
De manera improvisada, y sin organización alguna, comenzaron a atravesar el agujero. ¿Qué les esperará del otro lado? ¿Qué habrá detrás del cristal además de rocas? Después de todo, lo único que conocen del otro lado del cristal es esa roca que les cambió la rutina.
Los sueños y las ilusiones, no son organizados; son incontrolables, impulsivos e ilógicos. Es por eso que estaban encarcelados. Porque el padre de todos los niños los detesta y tan sólo estaba esperando el momento justo para llevarlos a su nueva jaula. Nunca los va a dejar en libertad, siempre los tuvo en la palma de su mano, siempre bajo control. Mientras él esté aquí no habrá niños en libertad; ni siquiera habrá niños, sino pequeños hombres; tampoco libertad, sino cárceles más grandes.
¡MALDITO PADRE DE TODOS LOS NIÑOS!
¡MALDITO ESTADO!
-Quisiera poder matarte, pero sigo encarcelado… ¡Ay cuando consiga escapar, nos las vas a pagar!- pensaba en su celda mientras acariciaba a la esperanza.
La esperanza es la encargada de avivar las llamas, de alimentar a los sueños y a las ilusiones; a esos quienes son todos los niños; porque la esperanza sabe que pronto, prontito; todos los niños estarán listos para el parricidio.
¿Quién habrá arrojado el proyectil desde afuera? ¿Por qué lo habrá hecho? Son preguntas que ninguno se atrevió a hacerse. Lo importante era no estar más confinados a la prisión de cristal.
De manera improvisada, y sin organización alguna, comenzaron a atravesar el agujero. ¿Qué les esperará del otro lado? ¿Qué habrá detrás del cristal además de rocas? Después de todo, lo único que conocen del otro lado del cristal es esa roca que les cambió la rutina.
Los sueños y las ilusiones, no son organizados; son incontrolables, impulsivos e ilógicos. Es por eso que estaban encarcelados. Porque el padre de todos los niños los detesta y tan sólo estaba esperando el momento justo para llevarlos a su nueva jaula. Nunca los va a dejar en libertad, siempre los tuvo en la palma de su mano, siempre bajo control. Mientras él esté aquí no habrá niños en libertad; ni siquiera habrá niños, sino pequeños hombres; tampoco libertad, sino cárceles más grandes.
¡MALDITO PADRE DE TODOS LOS NIÑOS!
¡MALDITO ESTADO!
-Quisiera poder matarte, pero sigo encarcelado… ¡Ay cuando consiga escapar, nos las vas a pagar!- pensaba en su celda mientras acariciaba a la esperanza.
La esperanza es la encargada de avivar las llamas, de alimentar a los sueños y a las ilusiones; a esos quienes son todos los niños; porque la esperanza sabe que pronto, prontito; todos los niños estarán listos para el parricidio.
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El agujero en el cristal
lunes, 22 de febrero de 2010
Carta a una señorita en París (Julio Cortázar)
Uno de mis favoritos de todos los tiempos... Está ahí. Siempre igual, siempre distinto.
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.
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4R13L,
Carta a una señorita en París,
Desde el bobo,
Julio Cortázar
miércoles, 17 de febrero de 2010
Los tres poderes
-¡Fiesta de gas mostaza y una ronda de infartos para todos, cantinero!- y las personas que estaban en el bar comenzaron a caer, una por una. Fue entonces cuando me dí cuenta del poder de la palabra.
Hay palabras que son abrazos al alma, y hay otras que son puñales al corazón.
-¡Subite al tren!- le grité apurado, y cuando lo volví a ver estaba en el techo del mismo. Hay gente que toma las palabras de manera literal, no importa la ocasión. Al presenciar estas situaciones, recuerdo el poder de la estupidez…
Decidí salir a surfear aquel día. Agarré mi tabla y salté por el balcón. Recorrí los cielos degustando las nubes de la mañana. Monté mi tabla en el mar de lava ardiente, huyendo de dioses y demonios. Ahí me acordé del poder de la religión. Poder de hacer dinero explotando la fe de las personas.
Los tres poderes, nos son ejecutivo, legislativo y judicial estimado lector; sino los que acabo de mencionar: palabra, estupidez y religión; y su relación es la siguiente:
Hay que caer en la estupidez para creer la palabra vacía de la codiciosa religión.
Hay palabras que son abrazos al alma, y hay otras que son puñales al corazón.
-¡Subite al tren!- le grité apurado, y cuando lo volví a ver estaba en el techo del mismo. Hay gente que toma las palabras de manera literal, no importa la ocasión. Al presenciar estas situaciones, recuerdo el poder de la estupidez…
Decidí salir a surfear aquel día. Agarré mi tabla y salté por el balcón. Recorrí los cielos degustando las nubes de la mañana. Monté mi tabla en el mar de lava ardiente, huyendo de dioses y demonios. Ahí me acordé del poder de la religión. Poder de hacer dinero explotando la fe de las personas.
Los tres poderes, nos son ejecutivo, legislativo y judicial estimado lector; sino los que acabo de mencionar: palabra, estupidez y religión; y su relación es la siguiente:
Hay que caer en la estupidez para creer la palabra vacía de la codiciosa religión.
En la distancia
A Belen, que me pidió que le ponga palabras a su viejo sentimiento hace un tiempo ya; refugiándonos en el suelo frío. Refugiándonos también en nuestra amistad.
En el adentro de mi abrazo te siento, aunque no estés ahí.
Quién me viera pensaría que estoy loco, feliz de abrazar el aire; el vacío de la distancia.
En cada palabra que me susurrás por teléfono, siento tu aliento en mi oído.
Cada idea que dibujás en mi mente es tan vívida y real, en cada una de ellas estás.
Te tengo en la lejanía, te tengo en el corazón. Me tenés en la lejanía, me tenés en el corazón.
Nos tenemos sin tenernos. Nos abrazamos mancos, nos acariciamos sin dedos, nos besamos sin labios, nos miramos ciegos.
Existimos, por un instante, materializados el uno frente al otro; cuando jugamos a desordenar los átomos y crearnos una imagen parecida a nuestro amor. Existimos estando juntos, rompiendo el tiempo y el espacio.
Existimos el uno para el otro. Existís para mí. Existo para vos. Existo para estar contigo a la distancia, mi amor.
En el adentro de mi abrazo te siento, aunque no estés ahí.
Quién me viera pensaría que estoy loco, feliz de abrazar el aire; el vacío de la distancia.
En cada palabra que me susurrás por teléfono, siento tu aliento en mi oído.
Cada idea que dibujás en mi mente es tan vívida y real, en cada una de ellas estás.
Te tengo en la lejanía, te tengo en el corazón. Me tenés en la lejanía, me tenés en el corazón.
Nos tenemos sin tenernos. Nos abrazamos mancos, nos acariciamos sin dedos, nos besamos sin labios, nos miramos ciegos.
Existimos, por un instante, materializados el uno frente al otro; cuando jugamos a desordenar los átomos y crearnos una imagen parecida a nuestro amor. Existimos estando juntos, rompiendo el tiempo y el espacio.
Existimos el uno para el otro. Existís para mí. Existo para vos. Existo para estar contigo a la distancia, mi amor.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Pensar
Mientras bajaba por el ascensor, estaba pensando en ella; en todas las cosas que le quería mostrar, en todas las palabras que iba a susurrar en su oído.
Pensaba en su sonrisa, en el sabor de su piel, en el calor de su cuerpo, en su aliento en mi cara.
Pensaba en decirle que la amaba, que ella era la razón para que mis pulmones vuelvan a llenarse de aire una y otra vez, que sin ella no sabría como vivir.
Pensaba en tomarla entre mis brazos; pensaba en mirarla a los ojos. Pensaba en recorrer sus cabellos con mis dedos. Pensaba en su voz, pensaba en sus caricias.
Mientras bajaba el ascensor, venía pensando en ella, y cuando llegué a la planta baja, la seguí pensando.
Seguí pensando en el encuentro, en nuestra última conversación telefónica, en el mensaje de texto que me había escrito ayer.
Cuando salí a la calle no dejé de pensarla ni un instante. Pensaba en encontrarla en cada esquina, en decir su nombre, en escucharla al saludarme, en ver la alegría brillando en sus ojos.
La pensé todo el camino al hospital. La pensé en todo momento.
La pensé cuando tuve en mis brazos por primera vez a aquello tan bello que hicimos juntos, la pensé cuando él empezó a llorar, la pensé hasta que conseguí consolarlo.
La pensé siempre, y a él le prometo que nunca voy a dejar de pensar a su mamá; le prometo que, aunque ya no pueda abrazarla, nunca la voy a dejar de pensar.
Pensaba en su sonrisa, en el sabor de su piel, en el calor de su cuerpo, en su aliento en mi cara.
Pensaba en decirle que la amaba, que ella era la razón para que mis pulmones vuelvan a llenarse de aire una y otra vez, que sin ella no sabría como vivir.
Pensaba en tomarla entre mis brazos; pensaba en mirarla a los ojos. Pensaba en recorrer sus cabellos con mis dedos. Pensaba en su voz, pensaba en sus caricias.
Mientras bajaba el ascensor, venía pensando en ella, y cuando llegué a la planta baja, la seguí pensando.
Seguí pensando en el encuentro, en nuestra última conversación telefónica, en el mensaje de texto que me había escrito ayer.
Cuando salí a la calle no dejé de pensarla ni un instante. Pensaba en encontrarla en cada esquina, en decir su nombre, en escucharla al saludarme, en ver la alegría brillando en sus ojos.
La pensé todo el camino al hospital. La pensé en todo momento.
La pensé cuando tuve en mis brazos por primera vez a aquello tan bello que hicimos juntos, la pensé cuando él empezó a llorar, la pensé hasta que conseguí consolarlo.
La pensé siempre, y a él le prometo que nunca voy a dejar de pensar a su mamá; le prometo que, aunque ya no pueda abrazarla, nunca la voy a dejar de pensar.
martes, 9 de febrero de 2010
Duelo con pistolas al amanecer
Al Sr. Xyz. Por sus comentarios en “Cirugía (del ciruja)”.
Todavía no pude descifrar su identidad.
Una historia sobre vaqueros del lejano Oeste.
Espero la disfrute.
-Whisky, cantinero. Y deje la botella.- Mañana cuando el sol aparezca detrás de la colina tendré que tomar la decisión. Pero ¿cómo tomarla? ¿Acaso mi vida vale más que la de Billy el Forajido?
Después de todo, yo soy el que actuó mal. Yo lo traicioné; pero fue por amor. No es culpa mía que él la haya conocido primero.
Este va a ser mi primer duelo con pistolas y no sé que hacer. No he decidido si perder mi vida o arriesgarme a seguir viviendo con la culpa. Con la hermosa Janet, pero también cargando la culpa de la traición y de la muerte en mis hombros.
Ya manché mi consciencia. ¿Debería manchar también mis manos?
Conozco a Billy el Forajido, y sé que no le temblará el pulso a la hora del duelo. A pesar de nuestra historia, él haría cualquier cosa para recuperar su orgullo.
Yo fui capaz de cosas terribles en mi vida… pero a quien tengo en frente es Billy, y en su lugar, creo que, yo haría lo mismo. Pero no estoy en su lugar, no fui el humillado, sino quien se encargó de humillar al bandido más famoso de todo el Oeste.
¿Qué voy a hacer mañana? Mi amigo Jack Daniels aquí presente me ayudará a tomar la decisión...
Todavía no pude descifrar su identidad.
Una historia sobre vaqueros del lejano Oeste.
Espero la disfrute.
-Whisky, cantinero. Y deje la botella.- Mañana cuando el sol aparezca detrás de la colina tendré que tomar la decisión. Pero ¿cómo tomarla? ¿Acaso mi vida vale más que la de Billy el Forajido?
Después de todo, yo soy el que actuó mal. Yo lo traicioné; pero fue por amor. No es culpa mía que él la haya conocido primero.
Este va a ser mi primer duelo con pistolas y no sé que hacer. No he decidido si perder mi vida o arriesgarme a seguir viviendo con la culpa. Con la hermosa Janet, pero también cargando la culpa de la traición y de la muerte en mis hombros.
Ya manché mi consciencia. ¿Debería manchar también mis manos?
Conozco a Billy el Forajido, y sé que no le temblará el pulso a la hora del duelo. A pesar de nuestra historia, él haría cualquier cosa para recuperar su orgullo.
Yo fui capaz de cosas terribles en mi vida… pero a quien tengo en frente es Billy, y en su lugar, creo que, yo haría lo mismo. Pero no estoy en su lugar, no fui el humillado, sino quien se encargó de humillar al bandido más famoso de todo el Oeste.
¿Qué voy a hacer mañana? Mi amigo Jack Daniels aquí presente me ayudará a tomar la decisión...
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Duelo con pistolas al amanecer
martes, 2 de febrero de 2010
Cirugía (del ciruja)
¿Cúales serán las palabras para describir mi ansiedad? Después de esperar tantos años a la medicina, hoy, ahora, estoy en el quirófano. La verdad es que no lo puedo creer. Finalmente voy a ser normal, o volver a serlo. Me dijeron que no nací así, pero yo no me recuerdo sin mi condición.
Dicen tener evidencia fotográfica; pero ¿cómo saber si la criatura de apenas unos meses soy realmente yo? Podría ser cualquiera…
Este no es el mejor momento para las fantasías paranoides; estoy desnudo, a punto de ser drogado por un grupo de desconocidos. Pero ¿cómo no ser paranoico?
Después de más de treinta años viviendo con un tenedor clavado en la frente, uno desconfía de todo y de todos.
Cuentan que dicen que escucharon alguna vez, que fue un accidente en mi primera noche buena. ¿Llamar a un tenedor en la frente un accidente? Por favor… si nos vamos a poner en pavotes podemos decir que un zapatazo al ángulo también es un accidente; o ¿por qué no? El encontronazo entre un espermatozoide y un óvulo también lo es.
Pero no dicen que yo sea un accidente, al menos no a viva voz, dicen que mi condición lo es; pero en tan sólo un par de horas voy a “volver a” ser normal.
-Contá de manera descendente de diez hasta cero- dijo el anestesista, luego de retirar la jeringa.
-Diez- empecé, y la anestesia comenzó a surtir efecto. –nueve, ocho, siete, seis…-
Dicen tener evidencia fotográfica; pero ¿cómo saber si la criatura de apenas unos meses soy realmente yo? Podría ser cualquiera…
Este no es el mejor momento para las fantasías paranoides; estoy desnudo, a punto de ser drogado por un grupo de desconocidos. Pero ¿cómo no ser paranoico?
Después de más de treinta años viviendo con un tenedor clavado en la frente, uno desconfía de todo y de todos.
Cuentan que dicen que escucharon alguna vez, que fue un accidente en mi primera noche buena. ¿Llamar a un tenedor en la frente un accidente? Por favor… si nos vamos a poner en pavotes podemos decir que un zapatazo al ángulo también es un accidente; o ¿por qué no? El encontronazo entre un espermatozoide y un óvulo también lo es.
Pero no dicen que yo sea un accidente, al menos no a viva voz, dicen que mi condición lo es; pero en tan sólo un par de horas voy a “volver a” ser normal.
-Contá de manera descendente de diez hasta cero- dijo el anestesista, luego de retirar la jeringa.
-Diez- empecé, y la anestesia comenzó a surtir efecto. –nueve, ocho, siete, seis…-
Milagros
No lo puedo creer… ¿Otra vez lo mismo conmigo? ¿Será que no aprendo más?
De nuevo en el borde, “esperando el milagro”, pero el milagro no llegó ayer, no llega hoy, y no llegará mañana.
¡Ay Milagros! ¿Hay Milagros? Siempre dije que, no necesariamente el que busca encuentra; pero no te salí a buscar… me senté en la cornisa a esperar; y hoy estoy otra vez al borde del abismo, esperándote…
¿Será la locura de tu ausencia lo que me lleva a mirar hacia abajo y disfrutar del vértigo? ¿Será ese vértigo lo único que hace palpitar a mi corazón?
Ojala mi piel me hubiese dejado ir a buscarte, pero me mantuvo prisionero, nunca pude escaparle, por más que lo haya intentado una y mil veces. ¡Bah! En realidad las conté y fueron mil y una. Tal vez aquí, frente al vacío; si salgo a encontrarlo, consiga huirle…
Pero no quiero encontrarme con el vacío, prefiero esperar… esperar Milagros.
No quiero caer en clichés, pero es cierto eso de “el que espera, desespera”; y yo, estoy desesperado, desesperado por Milagros.
Veo Milagros todo el tiempo, en todas partes; pero siempre lejos mío.
¿Qué gano esperando? Tan sólo otra prisión… no sólo soy preso de mi piel, sino también de la espera. Soy preso de Milagros.
Pasan los días y los otoños se suceden… ¿esperando primaveras? Esperando Milagros, siempre esperando.
Esperar Milagros, no es perder el tiempo, consideraría que el tiempo está perdido en el preciso instante en que vea morir a la ilusión. ¿Sabés? Ella es mi única compañía en la espera. La verdad, no sé que haría sin ella…
¿Hay Milagros? ¡Ay Milagros! Me armo de paciencia y me desarmo de sólo pensar que por más que espere, Milagros no hay…
Milagros, que palabra tan bonita. Tan sólo pensar tu nombre me eriza la piel… ¿Dónde estás Milagros? ¿Dónde estás mi amor? Nunca quise a una mujer tanto como a vos Milagros… no quiero hacerlo milagros, te quiero a vos. ¡Quiero Milagros! Quiero Milagros y eso mantiene el ritmo de mi corazón. El día que deje de quererte, dejaré también de querer; y se perderá el son…
De nuevo en el borde, “esperando el milagro”, pero el milagro no llegó ayer, no llega hoy, y no llegará mañana.
¡Ay Milagros! ¿Hay Milagros? Siempre dije que, no necesariamente el que busca encuentra; pero no te salí a buscar… me senté en la cornisa a esperar; y hoy estoy otra vez al borde del abismo, esperándote…
¿Será la locura de tu ausencia lo que me lleva a mirar hacia abajo y disfrutar del vértigo? ¿Será ese vértigo lo único que hace palpitar a mi corazón?
Ojala mi piel me hubiese dejado ir a buscarte, pero me mantuvo prisionero, nunca pude escaparle, por más que lo haya intentado una y mil veces. ¡Bah! En realidad las conté y fueron mil y una. Tal vez aquí, frente al vacío; si salgo a encontrarlo, consiga huirle…
Pero no quiero encontrarme con el vacío, prefiero esperar… esperar Milagros.
No quiero caer en clichés, pero es cierto eso de “el que espera, desespera”; y yo, estoy desesperado, desesperado por Milagros.
Veo Milagros todo el tiempo, en todas partes; pero siempre lejos mío.
¿Qué gano esperando? Tan sólo otra prisión… no sólo soy preso de mi piel, sino también de la espera. Soy preso de Milagros.
Pasan los días y los otoños se suceden… ¿esperando primaveras? Esperando Milagros, siempre esperando.
Esperar Milagros, no es perder el tiempo, consideraría que el tiempo está perdido en el preciso instante en que vea morir a la ilusión. ¿Sabés? Ella es mi única compañía en la espera. La verdad, no sé que haría sin ella…
¿Hay Milagros? ¡Ay Milagros! Me armo de paciencia y me desarmo de sólo pensar que por más que espere, Milagros no hay…
Milagros, que palabra tan bonita. Tan sólo pensar tu nombre me eriza la piel… ¿Dónde estás Milagros? ¿Dónde estás mi amor? Nunca quise a una mujer tanto como a vos Milagros… no quiero hacerlo milagros, te quiero a vos. ¡Quiero Milagros! Quiero Milagros y eso mantiene el ritmo de mi corazón. El día que deje de quererte, dejaré también de querer; y se perderá el son…
lunes, 25 de enero de 2010
Guerra no declarada
-¡Fum!- Zumbó sobre mi oído izquierdo. Juro que no escuché el impacto, pero de todas maneras atiné a darme vuelta.
Escuchando aún más zumbidos y explosiones giré sobre mi eje y de repente el mundo se quedó mudo. Ahí estaba él, con su camisa toda manchada; quise acercarme y abrazarlo pero no me atreví por el miedo que en mi generaba la balacera. Me quedé agachado, escondido debajo del banco de plaza, donde las balas que yo ya no escuchaba, pero si podía ver, no me alcanzarían.
¿Cómo fue que empezó todo? Si nadie declaró la guerra, y sin embargo yo estoy aquí, fusil en mano, perdiendo lo que más me importa en este mundo. Este mundo que muchos dicen que es generoso porque da. Quien dijo esto alguna vez no prestó suficiente atención, o se fue en el interludio. Porque al final de la obra todo lo que te supo dar te lo quita con una sonrisa cínica dibujada en su rostro.
Junté valor, después de todo el mundo me había dado algo que ahora está mal herido a tan solo unos cuantos metros detrás de mi, y esta vez juré no volver a ver esa sonrisa; juré que esta vez el mundo no me iba a quitar nada.
Corrí entre ruidos sordos de balas y misiles disparados desde quién sabe donde. Veía a la tierra salpicar piedras y escombros cuando un misil no atinaba a ningún blanco y dejaba enorme cráteres que debía esquivar para alcanzar a quién había dejado atrás. De todas maneras la imagen era más escalofriante cuando los misiles si daban en algún blanco y uno podía ver volar miembros mientras la sangre salpica la cara o los zapatos.
Corrí como nunca en mi vida, por el temor de que mi cuerpo se convierta en un blanco fácil y también por la desesperación que me producía verlo a él en el suelo.
Tropecé un par de veces, pero finalmente llegué hasta él. Dejé mi fusil a su lado y levanté su cabeza del suelo. Lo atrapé entre mis brazos y lo abracé fuertemente. Mi pecho se pegó al suyo y mi camisa quedó manchada como si hubiese sido yo quién recibió el impacto de bala en lugar de él.
Traté de levantarlo y llevarlo a una enfermería, pero me era imposible; no tenía las fuerzas suficientes. Así que decidí quedarme con él hasta el final.
En el momento en que su pecho se desinfló por última vez, en que ya no hubo una próxima bocanada de aire, la guerra terminó. No volaban más municiones a nuestro alrededor.
Entonces la vi. Vi esa sonrisa. Lo solté. Cerré sus ojos y le besé la frente. Estiré mi brazo izquierdo y tomé mi fusil. Apunté a la sonrisa perfecta, pero falto de experiencia con armas de fuego, fallé.
Recordé que esta vez había jurado que no le permitiría al mundo quitarme nada más. Volví mi fusil hacia mí y decidí acompañar al amor…
Escuchando aún más zumbidos y explosiones giré sobre mi eje y de repente el mundo se quedó mudo. Ahí estaba él, con su camisa toda manchada; quise acercarme y abrazarlo pero no me atreví por el miedo que en mi generaba la balacera. Me quedé agachado, escondido debajo del banco de plaza, donde las balas que yo ya no escuchaba, pero si podía ver, no me alcanzarían.
¿Cómo fue que empezó todo? Si nadie declaró la guerra, y sin embargo yo estoy aquí, fusil en mano, perdiendo lo que más me importa en este mundo. Este mundo que muchos dicen que es generoso porque da. Quien dijo esto alguna vez no prestó suficiente atención, o se fue en el interludio. Porque al final de la obra todo lo que te supo dar te lo quita con una sonrisa cínica dibujada en su rostro.
Junté valor, después de todo el mundo me había dado algo que ahora está mal herido a tan solo unos cuantos metros detrás de mi, y esta vez juré no volver a ver esa sonrisa; juré que esta vez el mundo no me iba a quitar nada.
Corrí entre ruidos sordos de balas y misiles disparados desde quién sabe donde. Veía a la tierra salpicar piedras y escombros cuando un misil no atinaba a ningún blanco y dejaba enorme cráteres que debía esquivar para alcanzar a quién había dejado atrás. De todas maneras la imagen era más escalofriante cuando los misiles si daban en algún blanco y uno podía ver volar miembros mientras la sangre salpica la cara o los zapatos.
Corrí como nunca en mi vida, por el temor de que mi cuerpo se convierta en un blanco fácil y también por la desesperación que me producía verlo a él en el suelo.
Tropecé un par de veces, pero finalmente llegué hasta él. Dejé mi fusil a su lado y levanté su cabeza del suelo. Lo atrapé entre mis brazos y lo abracé fuertemente. Mi pecho se pegó al suyo y mi camisa quedó manchada como si hubiese sido yo quién recibió el impacto de bala en lugar de él.
Traté de levantarlo y llevarlo a una enfermería, pero me era imposible; no tenía las fuerzas suficientes. Así que decidí quedarme con él hasta el final.
En el momento en que su pecho se desinfló por última vez, en que ya no hubo una próxima bocanada de aire, la guerra terminó. No volaban más municiones a nuestro alrededor.
Entonces la vi. Vi esa sonrisa. Lo solté. Cerré sus ojos y le besé la frente. Estiré mi brazo izquierdo y tomé mi fusil. Apunté a la sonrisa perfecta, pero falto de experiencia con armas de fuego, fallé.
Recordé que esta vez había jurado que no le permitiría al mundo quitarme nada más. Volví mi fusil hacia mí y decidí acompañar al amor…
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Guerra no declarada
El mundo (Eduardo Galeano)
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
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El mundo
lunes, 18 de enero de 2010
Juego de escondidas
Hoy me encontró la angustia, en este juego de escondidas que algunos llaman tiempo; es la que mejor sabe buscar cuando le toca su turno.
La alegría es muy distraída, y la verdad es que cuando le toca buscar se cuelga hasta que todos salimos y tratamos de encontrarla para volver a explicarle las reglas del juego, pero no la encontramos; y cuando lo hacemos y parece que entendió lo intenta de nuevo, pero esta escenita se repite una vez tras otra.
La ira usa una técnica especial, sale descabelladamente contra todo, y cuando encuentra a alguien lo envuelve y juntos salen a buscar a alguien más, formando así una suerte de bola de nieve que crece y crece sin cesar hasta chocar con el amor.
El amor está siempre ahí, dispuesto a dejarse aplastar por la bola de nieve una vez tras otra hasta desarmarla. El amor no es el mejor jugador a la hora de buscar, pero a la hora de esconderse… sí que sabe lo que hace. Es muy difícil de encontrar, y cuando uno piensa que lo consiguió, se escabulló para otro lado el muy pillo.
La soledad es la más fácil de encontrar cuando le toca esconderse, pero nunca está sola, siempre está en compañía de la angustia o el dolor. La soledad nunca está sola, porque la soledad no se aguanta.
Las ganas son muy ansiosas, y cuando les toca buscar se van por todos lados. Las ganas se van… se van…
La alegría es muy distraída, y la verdad es que cuando le toca buscar se cuelga hasta que todos salimos y tratamos de encontrarla para volver a explicarle las reglas del juego, pero no la encontramos; y cuando lo hacemos y parece que entendió lo intenta de nuevo, pero esta escenita se repite una vez tras otra.
La ira usa una técnica especial, sale descabelladamente contra todo, y cuando encuentra a alguien lo envuelve y juntos salen a buscar a alguien más, formando así una suerte de bola de nieve que crece y crece sin cesar hasta chocar con el amor.
El amor está siempre ahí, dispuesto a dejarse aplastar por la bola de nieve una vez tras otra hasta desarmarla. El amor no es el mejor jugador a la hora de buscar, pero a la hora de esconderse… sí que sabe lo que hace. Es muy difícil de encontrar, y cuando uno piensa que lo consiguió, se escabulló para otro lado el muy pillo.
La soledad es la más fácil de encontrar cuando le toca esconderse, pero nunca está sola, siempre está en compañía de la angustia o el dolor. La soledad nunca está sola, porque la soledad no se aguanta.
Las ganas son muy ansiosas, y cuando les toca buscar se van por todos lados. Las ganas se van… se van…
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lunes, 11 de enero de 2010
Lost n’ found
Ya estaba a punto de darme por vencido. Jamás estuve tan cerca de bajar los brazos como en el momento en que te volví a encontrar.
Recuerdo aún con lujo de detalles, la noche en que te conocí; la única noche que pasamos juntos, hace ya tres años, dos meses y cuatro días. Me acuerdo de cada palabra que susurraste en mi oído con la claridad del medio día.
Esa noche fue como prenderme al pecho materno por primera vez, y saciar toda necesidad que podía llegar a tener.
Veo tu rostro cada noche, despidiéndote de mi; y para mi cada noche, es esa noche. Aquella despedida en la que no me animé a pedirte el número telefónico porque me juraste que nos íbamos a volver a encontrar, y que de esa manera sería más divertido.
Antes de salir por la puerta, entre tantas cosas, me dijiste que salías a caminar por Oroño a diario, y que los fines de semana disfrutabas de los parques o del río; dependiendo de la estación… te hubiese escuchado eternamente, porque sigo cautivado por el tono de tu voz.
Te empecé a extrañar cuando te levantaste a preparar el desayuno; jamás antes había sentido mi abrazo tan hueco. Ya había amanecido y sabía que pronto llegaría el momento de “un adiós maquillado de hasta luego”. Yo nunca quise que fuera así, y me gustaría preguntarte que hubieras querido vos. No espero una respuesta, mejor, no ahora. Lo importante es que después de tanto tiempo te volví a encontrar.
Días enteros pasé en el boulevard buscándote entre las caras y aunque ninguna era la tuya, muchas tenían algo de vos…¿por qué no aparecías de nuevo en mi vida? Te estuve buscando por donde me dijiste que estarías, y al final te encuentro en otro lado.
Sé que no fue a propósito, y sé también que preferirías que te hubiese encontrado allí y no aquí; pero así se dieron las cosas.
Me gustaría explicarte cómo me sentí cada uno de los minutos, horas y días que pasé buscándote y esperando a que aparezcas. Recuerdo uno en especial. Fue un 4 de noviembre, que para mi era como un cuatro de copas. Llovía como nunca. El cielo estaba negro como si estuviese cubierto por cientos de miles de millones de cuervos sobrevolando la ciudad, uno muy juntito al otro, esperando un momento de debilidad para poder alimentarse. Era como si estuviesen tan juntos como supimos estar nosotros aquella vez; y el sólo pensar en aquella vez evitó que el negro cielo se me venga encima.
Las gotas no caían de a una, sino de a miles sobre mi cuerpo vestido y mi alma desnuda, pero yo no quería moverme de ahí por miedo a que ese día si pasaras. Cuándo llegué a mi casa, empapado, lo que caía a cántaros eran las lágrimas de mis ojos. Lágrimas por no haberte encontrado una vez más, pero las peores lágrimas eran las del miedo de haberte perdido para siempre. Pero te volví a encontrar. Me encantaría poder jurarte que esta vez no te voy a dejar ir, pero no puedo hacerlo; no sería justo.
¡Qué noche aquella! ¡Qué tarde la de hoy! ¡Cuántas mañanas pasaron en el medio!
Mañanas en las que yo salía temprano a caminar por Oroño, y cuado el sol estaba en lo más alto me sentaba en un banquito a esperarte ahí, en el boulevard.
A veces llevaba el mate, y soñaba con cebarte unos amargos, otras compraba una gaseosa en un kiosko y pedía dos vasos por las dudas y volvía sentarme a esperar a que vengas con la luna.
Lo de la gaseosa no me gustaba mucho, porque me asustaba pensar que cuando yo dejaba el cantero central, aunque sea siempre era por unos minutos nada más, podía perderme de encontrarte otra vez… quizás haya pasado ¿quién sabe? Además Marta, la señora del kiosko, a pesar de agradecerme siempre el cambio justo (no lo hacía por amabilidad, sino para no perder tiempo alejado del lugar donde podías llegar a aparecer) nunca me regaló una sonrisa. Una vez la vi mirándome, sentado, solo, con una gaseosa y con dos vasos. ¿Qué habrá pensado la pobre mujer? Seguro que ni se imaginaba lo nuestro.
No sé por qué te estoy contando esto. Tal vez sea porque quiero que sepas que nunca dejé de pensarte; y ahora que te tengo en frente mío, y más lejos que nunca; a mis ojos nublados les cuesta leer tu nombre en la lápida; a mis piernas les es casi imposible dejar de temblar; a mis brazos se les dificulta apretar tu ausencia más que antes, a mi boca no se le olvida tu nombre, ni el gusto de la tuya; a mi corazón cansado de latir le prometo que no voy a dejar aquella noche que me susurraste al oído, mientras jugabas con tu lengua en mi lóbulo, tu nombre: “Felicidad”.
Recuerdo aún con lujo de detalles, la noche en que te conocí; la única noche que pasamos juntos, hace ya tres años, dos meses y cuatro días. Me acuerdo de cada palabra que susurraste en mi oído con la claridad del medio día.
Esa noche fue como prenderme al pecho materno por primera vez, y saciar toda necesidad que podía llegar a tener.
Veo tu rostro cada noche, despidiéndote de mi; y para mi cada noche, es esa noche. Aquella despedida en la que no me animé a pedirte el número telefónico porque me juraste que nos íbamos a volver a encontrar, y que de esa manera sería más divertido.
Antes de salir por la puerta, entre tantas cosas, me dijiste que salías a caminar por Oroño a diario, y que los fines de semana disfrutabas de los parques o del río; dependiendo de la estación… te hubiese escuchado eternamente, porque sigo cautivado por el tono de tu voz.
Te empecé a extrañar cuando te levantaste a preparar el desayuno; jamás antes había sentido mi abrazo tan hueco. Ya había amanecido y sabía que pronto llegaría el momento de “un adiós maquillado de hasta luego”. Yo nunca quise que fuera así, y me gustaría preguntarte que hubieras querido vos. No espero una respuesta, mejor, no ahora. Lo importante es que después de tanto tiempo te volví a encontrar.
Días enteros pasé en el boulevard buscándote entre las caras y aunque ninguna era la tuya, muchas tenían algo de vos…¿por qué no aparecías de nuevo en mi vida? Te estuve buscando por donde me dijiste que estarías, y al final te encuentro en otro lado.
Sé que no fue a propósito, y sé también que preferirías que te hubiese encontrado allí y no aquí; pero así se dieron las cosas.
Me gustaría explicarte cómo me sentí cada uno de los minutos, horas y días que pasé buscándote y esperando a que aparezcas. Recuerdo uno en especial. Fue un 4 de noviembre, que para mi era como un cuatro de copas. Llovía como nunca. El cielo estaba negro como si estuviese cubierto por cientos de miles de millones de cuervos sobrevolando la ciudad, uno muy juntito al otro, esperando un momento de debilidad para poder alimentarse. Era como si estuviesen tan juntos como supimos estar nosotros aquella vez; y el sólo pensar en aquella vez evitó que el negro cielo se me venga encima.
Las gotas no caían de a una, sino de a miles sobre mi cuerpo vestido y mi alma desnuda, pero yo no quería moverme de ahí por miedo a que ese día si pasaras. Cuándo llegué a mi casa, empapado, lo que caía a cántaros eran las lágrimas de mis ojos. Lágrimas por no haberte encontrado una vez más, pero las peores lágrimas eran las del miedo de haberte perdido para siempre. Pero te volví a encontrar. Me encantaría poder jurarte que esta vez no te voy a dejar ir, pero no puedo hacerlo; no sería justo.
¡Qué noche aquella! ¡Qué tarde la de hoy! ¡Cuántas mañanas pasaron en el medio!
Mañanas en las que yo salía temprano a caminar por Oroño, y cuado el sol estaba en lo más alto me sentaba en un banquito a esperarte ahí, en el boulevard.
A veces llevaba el mate, y soñaba con cebarte unos amargos, otras compraba una gaseosa en un kiosko y pedía dos vasos por las dudas y volvía sentarme a esperar a que vengas con la luna.
Lo de la gaseosa no me gustaba mucho, porque me asustaba pensar que cuando yo dejaba el cantero central, aunque sea siempre era por unos minutos nada más, podía perderme de encontrarte otra vez… quizás haya pasado ¿quién sabe? Además Marta, la señora del kiosko, a pesar de agradecerme siempre el cambio justo (no lo hacía por amabilidad, sino para no perder tiempo alejado del lugar donde podías llegar a aparecer) nunca me regaló una sonrisa. Una vez la vi mirándome, sentado, solo, con una gaseosa y con dos vasos. ¿Qué habrá pensado la pobre mujer? Seguro que ni se imaginaba lo nuestro.
No sé por qué te estoy contando esto. Tal vez sea porque quiero que sepas que nunca dejé de pensarte; y ahora que te tengo en frente mío, y más lejos que nunca; a mis ojos nublados les cuesta leer tu nombre en la lápida; a mis piernas les es casi imposible dejar de temblar; a mis brazos se les dificulta apretar tu ausencia más que antes, a mi boca no se le olvida tu nombre, ni el gusto de la tuya; a mi corazón cansado de latir le prometo que no voy a dejar aquella noche que me susurraste al oído, mientras jugabas con tu lengua en mi lóbulo, tu nombre: “Felicidad”.
miércoles, 6 de enero de 2010
Cortesía
-¿Cómo te va?-
-Bien- respondió ella esperando no volverlo a ver jamás.
Ahí nomás él bajó a la calle y el deseo de Marina tomó forma de Renault 19 y se cumplió.
-Bien- respondió ella esperando no volverlo a ver jamás.
Ahí nomás él bajó a la calle y el deseo de Marina tomó forma de Renault 19 y se cumplió.
La virgencita
Hace un tiempo considerable que estamos saliendo ya, y todavía nada. Ni siquiera me deja tomarla de la mano; ningún tipo de contacto físico es aceptable para ella.
La verdad, es que no lo entiendo. Estamos bien juntos, pero nada. Lo que comparto con ella es tan especial y tan incompleto a la vez. Sé que estamos más allá del sexo; y no sólo eso es lo que pretendo; algunos mimos no vendrían nada mal.
Ya no es cuestión de paciencia, en absoluto; sé que nuca me va a besar. A veces me pierdo en sus ojos, y algunas otras veces, bajo la mirada y no puedo evitar pensar en el sabor de sus labios, o de sus pechos; pero sé que es una utopía vana como tantas otras.
Nunca pretendimos “sólo una amistad”, incluso ya nos juramos amor eterno como tantas veces hicimos con nuestras parejas anteriores, aunque ella niegue haber tenido alguna.
Eso es imposible. La tristeza de su mirada debe deberse, sin duda alguna, a un corazón roto.
No puedo evitar enamorarme de ella en ese preciso, e intensamente bello, instante que separa la caída de sus párpados de la caída de de las primeras lágrimas sobre sus rojizas mejillas. ¿Será una cuestión sádica que me enamore justamente de su dolor? ¿O será que quiero, más que ninguna otra cosa en mi efímera existencia, detener la hemorragia de su corazón? La verdad es que no lo sé, pero me encantaría averiguarlo.
Hablando de verdades, voy a confesar una: me cansé de esperar una suerte de “insight”, o de iluminación mientras miro la máquina del tiempo que llevo atada a la muñeca escuchando como siempre el “tic” está un paso delante del “tac”.
¿Cuántas veces he intentado recorrer sus largos cabellos con la yema de mis dedos?
Incontables son las ocasiones en que, en vano, le pedí que pasara la noche conmigo, jurándole que nunca me iba a propasar.
Ya no sé que voy a hacer, y mucho menos que pensar. ¿Será ella? ¿Seré yo? ¿Ambos tal vez? Incluso llegué a pensar que era una broma macabra del destino, siendo que no creo en ningún otro destino más que la muerte.
Juro que ya no sé siquiera si esta relación es imaginaria y la estoy usando para salar mis propias heridas o si es tan real como el papel sobre el que estoy escribiendo.
Cada día, cada hora, cada instante, me cuesta más discernir entre lo real y lo no real. Todo me resulta demasiado tangible y abstracto a la vez… es muy confuso.
Quisiera poder entenderla, pero no me explica, no se acerca a mí, sino todo lo contrario.
Esta vez voy a perseguirla. No voy a acosarla con preguntas que lleven a respuestas ambiguas y vacías.
Estoy dispuesto a encontrar la verdad, aunque me desgarre el alma, o me produzca una herida narcisista tan grande como la que Galileo nos causó a todos los seres humanos.
Es que ya no soporto el sudor en la palma de mis manos, ni las palpitaciones del bobo; ninguna de las alteraciones que ella causa en mi anatomía. Lo admito, es uno de los poco seres que consiguió atravesar al menos tres planos de mi ser: mi razón, mi alma y mi cuerpo; y le regalaría todo mi ser, y no sólo esos tres planos, si ella estuviese dispuesta a regalarme al menos, una gota de su sangre.
Pero como ya dije antes, me cansé de esperar y salí a buscarla en la soledad de la metrópolis cosmopolita. Tardé diez eternidades en encontrarla, pero finalmente lo hice. Estaba parada al pie de una de las camas de la habitación numero nueve del Hospital Centenario.
No dije nada y tomé una actitud voyeurista. Me quedé en el umbral de la puerta viéndola juntar valor para caminar esos tres pasos que la separaban de la cabecera de la misma cama.
Allí había una niña, de ojos celestes y mirada perdida. Parecía que esta niña lo había entendido todo, incluso su tiempo.
Tuvieron que pasar algunos minutos, no sé bien cuantos, pero si sé que cada uno de ellos era más largo que el anterior; para que ella tuviera el coraje suficiente para caminar esos tres pasos.
Lo hizo. Yo la seguí con la mirada, más enamorado que nunca, pero la niña siguió mirando la pared como lo venía haciendo, al menos desde que yo había llegado. Ella se agachó y, con ternura, besó a la niña en la frente. El tiempo se detuvo; y con él mi corazón y mis dudas. No recuerdo haber sentido tanta envidia jamás; pero a la vez, me sentí calmo. No era esa calma inquieta del ojo del huracán, sino su oposición. Era la calma de una tarde soleada y brisa fresca porque al fin pude entender y entenderla. Al fin comprendí que ella era mi destino; no ese destino del que descreo, sino justamente el otro. No tuve miedo. Me acerqué. La miré fijamente a sus ojos empapados y besé su boca. Pensé que eso nos uniría en la eternidad, pero ella se quedó en la tierra a seguir cumpliendo con su tarea.
La verdad, es que no lo entiendo. Estamos bien juntos, pero nada. Lo que comparto con ella es tan especial y tan incompleto a la vez. Sé que estamos más allá del sexo; y no sólo eso es lo que pretendo; algunos mimos no vendrían nada mal.
Ya no es cuestión de paciencia, en absoluto; sé que nuca me va a besar. A veces me pierdo en sus ojos, y algunas otras veces, bajo la mirada y no puedo evitar pensar en el sabor de sus labios, o de sus pechos; pero sé que es una utopía vana como tantas otras.
Nunca pretendimos “sólo una amistad”, incluso ya nos juramos amor eterno como tantas veces hicimos con nuestras parejas anteriores, aunque ella niegue haber tenido alguna.
Eso es imposible. La tristeza de su mirada debe deberse, sin duda alguna, a un corazón roto.
No puedo evitar enamorarme de ella en ese preciso, e intensamente bello, instante que separa la caída de sus párpados de la caída de de las primeras lágrimas sobre sus rojizas mejillas. ¿Será una cuestión sádica que me enamore justamente de su dolor? ¿O será que quiero, más que ninguna otra cosa en mi efímera existencia, detener la hemorragia de su corazón? La verdad es que no lo sé, pero me encantaría averiguarlo.
Hablando de verdades, voy a confesar una: me cansé de esperar una suerte de “insight”, o de iluminación mientras miro la máquina del tiempo que llevo atada a la muñeca escuchando como siempre el “tic” está un paso delante del “tac”.
¿Cuántas veces he intentado recorrer sus largos cabellos con la yema de mis dedos?
Incontables son las ocasiones en que, en vano, le pedí que pasara la noche conmigo, jurándole que nunca me iba a propasar.
Ya no sé que voy a hacer, y mucho menos que pensar. ¿Será ella? ¿Seré yo? ¿Ambos tal vez? Incluso llegué a pensar que era una broma macabra del destino, siendo que no creo en ningún otro destino más que la muerte.
Juro que ya no sé siquiera si esta relación es imaginaria y la estoy usando para salar mis propias heridas o si es tan real como el papel sobre el que estoy escribiendo.
Cada día, cada hora, cada instante, me cuesta más discernir entre lo real y lo no real. Todo me resulta demasiado tangible y abstracto a la vez… es muy confuso.
Quisiera poder entenderla, pero no me explica, no se acerca a mí, sino todo lo contrario.
Esta vez voy a perseguirla. No voy a acosarla con preguntas que lleven a respuestas ambiguas y vacías.
Estoy dispuesto a encontrar la verdad, aunque me desgarre el alma, o me produzca una herida narcisista tan grande como la que Galileo nos causó a todos los seres humanos.
Es que ya no soporto el sudor en la palma de mis manos, ni las palpitaciones del bobo; ninguna de las alteraciones que ella causa en mi anatomía. Lo admito, es uno de los poco seres que consiguió atravesar al menos tres planos de mi ser: mi razón, mi alma y mi cuerpo; y le regalaría todo mi ser, y no sólo esos tres planos, si ella estuviese dispuesta a regalarme al menos, una gota de su sangre.
Pero como ya dije antes, me cansé de esperar y salí a buscarla en la soledad de la metrópolis cosmopolita. Tardé diez eternidades en encontrarla, pero finalmente lo hice. Estaba parada al pie de una de las camas de la habitación numero nueve del Hospital Centenario.
No dije nada y tomé una actitud voyeurista. Me quedé en el umbral de la puerta viéndola juntar valor para caminar esos tres pasos que la separaban de la cabecera de la misma cama.
Allí había una niña, de ojos celestes y mirada perdida. Parecía que esta niña lo había entendido todo, incluso su tiempo.
Tuvieron que pasar algunos minutos, no sé bien cuantos, pero si sé que cada uno de ellos era más largo que el anterior; para que ella tuviera el coraje suficiente para caminar esos tres pasos.
Lo hizo. Yo la seguí con la mirada, más enamorado que nunca, pero la niña siguió mirando la pared como lo venía haciendo, al menos desde que yo había llegado. Ella se agachó y, con ternura, besó a la niña en la frente. El tiempo se detuvo; y con él mi corazón y mis dudas. No recuerdo haber sentido tanta envidia jamás; pero a la vez, me sentí calmo. No era esa calma inquieta del ojo del huracán, sino su oposición. Era la calma de una tarde soleada y brisa fresca porque al fin pude entender y entenderla. Al fin comprendí que ella era mi destino; no ese destino del que descreo, sino justamente el otro. No tuve miedo. Me acerqué. La miré fijamente a sus ojos empapados y besé su boca. Pensé que eso nos uniría en la eternidad, pero ella se quedó en la tierra a seguir cumpliendo con su tarea.
martes, 5 de enero de 2010
… y un día murió
Fue ahí cuando lo vi.
No pude discernir si estaba en el suelo o en su agonía.
De lo que estoy seguro es de que estabas quedando sin el ángel que te cuida.
No pude discernir si estaba en el suelo o en su agonía.
De lo que estoy seguro es de que estabas quedando sin el ángel que te cuida.
Divorcio
Se pelearon.
Cada cual está en su lado de la cama.
Ya no se hablan, ya no se miran, ya no se tocan.
Años atrás, no imaginaban este destino, eran felices. Compartían las risas y el llanto; pero sobre todo compartían el contenido de sus cajones. ¿Qué voy a hacer con ellas ahora? “se me divorciaron las mesitas de luz”….
Cada cual está en su lado de la cama.
Ya no se hablan, ya no se miran, ya no se tocan.
Años atrás, no imaginaban este destino, eran felices. Compartían las risas y el llanto; pero sobre todo compartían el contenido de sus cajones. ¿Qué voy a hacer con ellas ahora? “se me divorciaron las mesitas de luz”….
Telegrama
Sonó el timbre, desafinado como todos los lunes. Bajó las escaleras y abrió la puerta.
Había recibido un telegrama.
Solamente a la humanidad se le ocurre despedir a dios.
Había recibido un telegrama.
Solamente a la humanidad se le ocurre despedir a dios.
Descanso
Ahí estaba, en su sillón favorito. Sus anteojos descansaban sutilmente en la punta de su nariz. Los hielos de su vaso de whisky no se habían derretido aún.
La luz estaba apagada y la T.V encendida, pero el ya no vería más nada.
La luz estaba apagada y la T.V encendida, pero el ya no vería más nada.
lunes, 4 de enero de 2010
Instrucciones para subir una escalera (Julio Cortázar)
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Volver
Volvió.
Volvió a su barrio.
Volvió a su calle.
Volvió a su casa.
Volvió a su pieza.
Volvió a su cama.
Nadie pudo aceptar su vuelta. Todos decidieron irse.
Volvió a su barrio.
Volvió a su calle.
Volvió a su casa.
Volvió a su pieza.
Volvió a su cama.
Nadie pudo aceptar su vuelta. Todos decidieron irse.
El presente pasado de moda
Tomá, dijo él, y le entregó la caja.
Gracias, dijo ella mientras la tomaba. ¡A ver! Exclamó mientras la abría.
No puedo aceptarlo, dijo ella en el instante en que vio que él le estaba regalando todo su dolor.
Él salió al balcón de su octavo “b”. Allí lo esperaba el pavimento.
Gracias, dijo ella mientras la tomaba. ¡A ver! Exclamó mientras la abría.
No puedo aceptarlo, dijo ella en el instante en que vio que él le estaba regalando todo su dolor.
Él salió al balcón de su octavo “b”. Allí lo esperaba el pavimento.
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Desde el bobo,
El presente pasado de moda
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