martes, 10 de agosto de 2010

Sala de (des)espera(nza)

Le pedí una y mil veces que me dejara pasar, sólo me faltó arrodillarme y rogar. Pero no quería hacer una escena.

Nunca vi a alguien tan desesperado como él. Entiendo sus ganas de subir, pero hay que respetar las reglas.

Sólo quería ir a verla, nada más. No creo que sea mucho pedir.

Lo escuché y lo escuché. Traté de tranquilizarlo, pero no tuve éxito.

Le expliqué que aquel era el momento para subir, que tenía que ser entonces, que no había alternativas.

Le expliqué que en ese momento no podría subir, pero que habría otras oportunidades.

Me dijo que necesitaba descansar entonces, que yo sólo la incomodaría; como si él supiese que era lo mejor para ella.

Quise hacerle entender que lo mejor para ella era descansar en ese momento, que iba a tener otra chance de verla.

Me dio argumento vacío tras argumento vacío, estaba tan convencido de lo que tenía que hacer que ni siquiera quiso escucharme.

Le expliqué las razones de los horarios de vista, hasta le pedí por favor que no comprometiese mi trabajo.

Yo solamente quería despedirme, me costó más que nada en el mundo juntar valor para hacerlo; y éste me dijo que no podría hacerlo. No sabía si iba a tener el coraje de hacerlo en otra ocasión, pero sentía muy dentro de mí que no iba a tener otra chance.

Cuando me dijo que se había cansado de esta “discusión tonta”, me sentí aliviado; pero después lo vi sentarse en la sala de espera en lugar de salir por la puerta y confieso que me asusté.

Decidí sentarme a esperar a que me dejaran pasar, tal vez en un acto de desobediencia, o tal vez esperando algo de compasión; pero no me iba a ir sin verla.

Decidí ignorarlo, ya que no estaba haciendo nada que ameritase que le pidiese a seguridad que lo acompañe hasta la puerta.

Es increíble la indiferencia con la que me trató, no se le movió ni un pelo; ¿será que no tiene corazón?

Traté de terminar la noche en paz, no quería hacer nada que lo altere, me faltaban sólo dos horas para terminar mi guardia y ya estaba pensando en que mi negra me esperaría con el mate listo.

Se puso a hablar con un médico, ¡lo único que faltaba! Sí por lo menos me hubiese ofrecido un café calentito... sabía que mi intención era esperar aquí y podría haber hecho la espera más llevadera, pero, ¡no! El señorito decidió ponerse a parlotear.
Supuse que estaba hablando de mí porque me miraba de reojo, y eso me ponía un poco incómodo.

Después de haber hablado con el doctor Fernández pude entender que a veces es necesario romper las reglas, aunque ya era tarde. Ahora me arrepiento de no haberlo dejado subir. Ahora que miro al doctor decirle que ya no es necesario que espere, que puede pasar a verla... aunque sea tarde para despedirse.

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