martes, 8 de junio de 2010

Como Newton en la tierra de Nunca Jamás

Te vi caer. Estabas sola en el pasto y no tuve más remedio que acercarme a vos y levantarte.
Mientras caminaba hacia vos no podía quitarte la mirada de encima. Sabía que pronto mis manos sentirían la suavidad de tu piel, y que mi boca probaría tu sabor.
A cada paso que daba para acortar nuestra distancia me costaba más afirmarme en el suelo. La ansiedad se apoderaba de mi cuerpo mientras la tensión crecía anticipando el encuentro.
Me acerqué lo suficiente para poder alcanzarte al agacharme. Te mordí ahí mismo y no pareció disgustarte.
Apenas te recogí de la mullida alfombra verde te sentí firme y lista. Te imaginaba dulce, tal como lo fuiste; dulce y jugosa fruta madura, a punto para mi paladar; encontrarte en el momento preciso en que alcanzaste la gloria fue para mi un cuento de hadas devenido en realidad.

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