lunes, 25 de enero de 2010

Guerra no declarada

-¡Fum!- Zumbó sobre mi oído izquierdo. Juro que no escuché el impacto, pero de todas maneras atiné a darme vuelta.
Escuchando aún más zumbidos y explosiones giré sobre mi eje y de repente el mundo se quedó mudo. Ahí estaba él, con su camisa toda manchada; quise acercarme y abrazarlo pero no me atreví por el miedo que en mi generaba la balacera. Me quedé agachado, escondido debajo del banco de plaza, donde las balas que yo ya no escuchaba, pero si podía ver, no me alcanzarían.
¿Cómo fue que empezó todo? Si nadie declaró la guerra, y sin embargo yo estoy aquí, fusil en mano, perdiendo lo que más me importa en este mundo. Este mundo que muchos dicen que es generoso porque da. Quien dijo esto alguna vez no prestó suficiente atención, o se fue en el interludio. Porque al final de la obra todo lo que te supo dar te lo quita con una sonrisa cínica dibujada en su rostro.
Junté valor, después de todo el mundo me había dado algo que ahora está mal herido a tan solo unos cuantos metros detrás de mi, y esta vez juré no volver a ver esa sonrisa; juré que esta vez el mundo no me iba a quitar nada.
Corrí entre ruidos sordos de balas y misiles disparados desde quién sabe donde. Veía a la tierra salpicar piedras y escombros cuando un misil no atinaba a ningún blanco y dejaba enorme cráteres que debía esquivar para alcanzar a quién había dejado atrás. De todas maneras la imagen era más escalofriante cuando los misiles si daban en algún blanco y uno podía ver volar miembros mientras la sangre salpica la cara o los zapatos.
Corrí como nunca en mi vida, por el temor de que mi cuerpo se convierta en un blanco fácil y también por la desesperación que me producía verlo a él en el suelo.
Tropecé un par de veces, pero finalmente llegué hasta él. Dejé mi fusil a su lado y levanté su cabeza del suelo. Lo atrapé entre mis brazos y lo abracé fuertemente. Mi pecho se pegó al suyo y mi camisa quedó manchada como si hubiese sido yo quién recibió el impacto de bala en lugar de él.
Traté de levantarlo y llevarlo a una enfermería, pero me era imposible; no tenía las fuerzas suficientes. Así que decidí quedarme con él hasta el final.
En el momento en que su pecho se desinfló por última vez, en que ya no hubo una próxima bocanada de aire, la guerra terminó. No volaban más municiones a nuestro alrededor.
Entonces la vi. Vi esa sonrisa. Lo solté. Cerré sus ojos y le besé la frente. Estiré mi brazo izquierdo y tomé mi fusil. Apunté a la sonrisa perfecta, pero falto de experiencia con armas de fuego, fallé.
Recordé que esta vez había jurado que no le permitiría al mundo quitarme nada más. Volví mi fusil hacia mí y decidí acompañar al amor…

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