Se dice que nadie en este mundo es necesario, mucho menos imprescindible. Pero yo me necesito. No puedo vivir sin mí, por más que lo intente, no puedo dejarme.
Nunca pude escapar de mí. No pude escapar de mi piel, y mucho menos de mi mente. Preso de mi mismo, sujeto a mi propia voluntad. Todo sistema de voluntades es injusto, yo no soy la excepción.
Déspota, dictador, tirano; derrocado y puesto al mando tantas veces como fueron necesarias, tantas veces como amaneceres hubo en mi vida. En cada amanecer recupero la voluntad y con ella la injusticia que había dejado en la almohada.
Es muy cierto que, en realidad, la parte de mí que está al mando es la insurrecta; la que sale más de noche porque la maquinaria represiva de mi parte representativa descansa. Pero de día también está; y la podemos ver en los graffitis, en las consignas pintadas en mí.
Dualidad y contradicción. Sin bien y sin mal, sin héroe ni villano. Sólo conmigo. Abrazado a mí, sin dejarme ir. Necesito soltarme, pero no puedo. Soy mi pasado y mi presente, condenado a ser mi futuro. Cadena perpetua en la más antigua de las prisiones, uno mismo. Cárcel de máxima seguridad, que para escapar hay que dejar el último aliento y exhalar por última vez. Así se obtiene la libertad, libertad que no se puede disfrutar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario