-Adelante, por favor.- dijo ella, en una voz muy cálida que me acarició los oídos.
Dejé la revista dominical de un periódico que está fuera de circulación hace al menos cuatro años y me levanté de mi silla con un golpe seco de las plantas de mis pies sobre el alfombrado.
Caminé lentamente hacia la puerta. Mi atención estaba dividida entre la copia de “El Espejo” de Picasso colgado en la pared a mi izquierda y ella envuelta en su uniforme delante de mí, guiándome por el pasillo que lleva a la otra habitación.
Caminé en una perfecta línea recta, hasta que su voz volvió a romper el silencio. –Hasta aquí llego yo.- Y sentí la puerta cerrarse detrás de mí.
Comencé a sentir un leve mareo a causa de la pintura fresca de ese pequeño cuarto sin ventanas. Al cabo de unos minutos apareció un fuerte dolor de cabeza, como si mi materia gris quisiese escapar del cráneo que la contiene para que no pueda ser utilizada de manera que se aproveche todo su potencial. Ese dolor que se siente como si fuese presión, como cuando el desplazamiento de las placas tectónicas causa que éstas se encuentren.
Esperaba el terremoto que me libere de este sufrimiento, que tal vez haya llegado después de que me desvanecí.
Cuando volví en mí, había dejado atrás el cuarto, ese pequeño cuarto que era un simétrico cubo blanco.
Caía de espaldas. No sentía vértigo. De hecho, me sentía tranquilo, como si hubiese hecho las paces con el mundo. Me sentía tan bien que no se me ocurrió que esta sensación terminaría y poder desear con todas mis fuerzas que no fuese así antes de que suceda.
Finalmente aterricé en un suave colchón de plumas de ganso, apoyado sobre el regazo de un gigante que me acariciaba la frente.
No podía ver bien debido a que tenía luces muy fuertes apuntándome directamente desde el techo. Alguna de esas luces podría ser el agujero por el que caí.
De repente sentí algo que bloqueaba tanto el calor como el brillo enceguecedor de las luces. Pude volver a distinguir formas y colores, pasados unos segundos.
Conseguí darme cuenta de que aquello que impedía que la luz me siga quemando las retinas era la cabeza de otro gigante. Éste me miraba concentrado, detrás de su larga y tupida barba blanca y debajo de su gran sombrero negro que utilizaba, seguramente, para ocultar la calvicie.
Este último balbuceaba algunos cánticos en un idioma incomprensible mientras con su mano derecha buscaba una herramienta, cuidadosamente dispuesta sobre una gran mesa a su lado.
Soltó el libro del que leía. Lo sostenía con su otra mano, la izquierda. Y la deslizó debajo de mi cintura.
Miré al gigante que ahora en lugar de acariciarme la frente me sostenía fuertemente rogándole que interviniese, pero parecía estar encantado con el terror en mis ojos.
Mi cuerpo entero temblaba al ver que la mano derecha que sostenía la herramienta, también buscaba incursionar en mi entrepierna.
Gotas de desesperación transformadas en sudor corrían sobre mí. Luché hasta el último momento, pero fue en vano. Mutilaron mi cuerpo. El dolor y la humillación me hicieron desear estar de vuelta en la diminuta habitación blanca, sufriendo de las jaquecas que me causaba ese lugar. No fue así.
Los gigantes comenzaron a abrazarse entre sí, mientras uno de ellos intentaba calmarme diciéndome que ya todo había pasado. Luego me llevaron a la habitación contigua donde comieron y bebieron hasta el hartazgo.
Cuando la última de mis lágrimas se secó, uno de ellos se acercó a mí; me miró y finalmente dejó escapar unas palabras de su boca llena de migajas:
-¡Bienvenido al mundo!-
Recuerdo que en aquel entonces pensé que no quería vivir en un mundo así.
Pasaron algunos años. Tengo su tamaño ahora. Ya no todos se atreven a intentar dañarme, soy más fuerte que entonces y puedo defenderme.
Lamentablemente en algunos grupos de la humanidad esta práctica continúa siendo motivo de festejo.
El tiempo pasa en vano. El hombre no aprende, la humanidad no avanza. El mundo no cambia.
El mundo no cambia, es uno el que lo hace. Lo hace para poder defenderse y defender a los suyos de atrocidades de todo tipo. No siempre se consigue y a pesar de nuestras armas y escudos somos vulnerables. La vulnerabilidad nos ayuda a crecer. Agradecido estoy de poder sufrir, el dolor simplifica la realidad. Realidad confusa y estática. Realidad de simétricos cubos blancos.
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