martes, 5 de octubre de 2010

En la Rue de Rivoli

Sin decir una palabra me abrazó. Lo necesitaba y ella se dio cuenta por sí sola. Sin que se lo pidiese, sin que la llame, sin que la mire.
Vino por detrás y a pesar de no estarle prestando atención a mis alrededores, distinguí su caminar entre los ruidos de la ciudad. Pasos cortitos que golpeteaban la vereda con sus taquitos chinos que se detuvieron en el preciso instante en que apoyó sus pechos en mi espalda y envolvió sus brazos en mí, apoyando las palmas de sus manos en mi pecho.
Me confortó con su sinceridad y con sus ganas de darme lo que necesitaba en lugar de una ronda de preguntas inquisidoras.
Se paró en puntitas de pie y acercó su boca a mi oído para dejar escapar en un susurro un “te amo” y ahuyentar así a la angustia que se escondía bajo mi piel.

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