-¡Fum!- Zumbó sobre mi oído izquierdo. Juro que no escuché el impacto, pero de todas maneras atiné a darme vuelta.
Escuchando aún más zumbidos y explosiones giré sobre mi eje y de repente el mundo se quedó mudo. Ahí estaba él, con su camisa toda manchada; quise acercarme y abrazarlo pero no me atreví por el miedo que en mi generaba la balacera. Me quedé agachado, escondido debajo del banco de plaza, donde las balas que yo ya no escuchaba, pero si podía ver, no me alcanzarían.
¿Cómo fue que empezó todo? Si nadie declaró la guerra, y sin embargo yo estoy aquí, fusil en mano, perdiendo lo que más me importa en este mundo. Este mundo que muchos dicen que es generoso porque da. Quien dijo esto alguna vez no prestó suficiente atención, o se fue en el interludio. Porque al final de la obra todo lo que te supo dar te lo quita con una sonrisa cínica dibujada en su rostro.
Junté valor, después de todo el mundo me había dado algo que ahora está mal herido a tan solo unos cuantos metros detrás de mi, y esta vez juré no volver a ver esa sonrisa; juré que esta vez el mundo no me iba a quitar nada.
Corrí entre ruidos sordos de balas y misiles disparados desde quién sabe donde. Veía a la tierra salpicar piedras y escombros cuando un misil no atinaba a ningún blanco y dejaba enorme cráteres que debía esquivar para alcanzar a quién había dejado atrás. De todas maneras la imagen era más escalofriante cuando los misiles si daban en algún blanco y uno podía ver volar miembros mientras la sangre salpica la cara o los zapatos.
Corrí como nunca en mi vida, por el temor de que mi cuerpo se convierta en un blanco fácil y también por la desesperación que me producía verlo a él en el suelo.
Tropecé un par de veces, pero finalmente llegué hasta él. Dejé mi fusil a su lado y levanté su cabeza del suelo. Lo atrapé entre mis brazos y lo abracé fuertemente. Mi pecho se pegó al suyo y mi camisa quedó manchada como si hubiese sido yo quién recibió el impacto de bala en lugar de él.
Traté de levantarlo y llevarlo a una enfermería, pero me era imposible; no tenía las fuerzas suficientes. Así que decidí quedarme con él hasta el final.
En el momento en que su pecho se desinfló por última vez, en que ya no hubo una próxima bocanada de aire, la guerra terminó. No volaban más municiones a nuestro alrededor.
Entonces la vi. Vi esa sonrisa. Lo solté. Cerré sus ojos y le besé la frente. Estiré mi brazo izquierdo y tomé mi fusil. Apunté a la sonrisa perfecta, pero falto de experiencia con armas de fuego, fallé.
Recordé que esta vez había jurado que no le permitiría al mundo quitarme nada más. Volví mi fusil hacia mí y decidí acompañar al amor…
lunes, 25 de enero de 2010
El mundo (Eduardo Galeano)
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
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lunes, 18 de enero de 2010
Juego de escondidas
Hoy me encontró la angustia, en este juego de escondidas que algunos llaman tiempo; es la que mejor sabe buscar cuando le toca su turno.
La alegría es muy distraída, y la verdad es que cuando le toca buscar se cuelga hasta que todos salimos y tratamos de encontrarla para volver a explicarle las reglas del juego, pero no la encontramos; y cuando lo hacemos y parece que entendió lo intenta de nuevo, pero esta escenita se repite una vez tras otra.
La ira usa una técnica especial, sale descabelladamente contra todo, y cuando encuentra a alguien lo envuelve y juntos salen a buscar a alguien más, formando así una suerte de bola de nieve que crece y crece sin cesar hasta chocar con el amor.
El amor está siempre ahí, dispuesto a dejarse aplastar por la bola de nieve una vez tras otra hasta desarmarla. El amor no es el mejor jugador a la hora de buscar, pero a la hora de esconderse… sí que sabe lo que hace. Es muy difícil de encontrar, y cuando uno piensa que lo consiguió, se escabulló para otro lado el muy pillo.
La soledad es la más fácil de encontrar cuando le toca esconderse, pero nunca está sola, siempre está en compañía de la angustia o el dolor. La soledad nunca está sola, porque la soledad no se aguanta.
Las ganas son muy ansiosas, y cuando les toca buscar se van por todos lados. Las ganas se van… se van…
La alegría es muy distraída, y la verdad es que cuando le toca buscar se cuelga hasta que todos salimos y tratamos de encontrarla para volver a explicarle las reglas del juego, pero no la encontramos; y cuando lo hacemos y parece que entendió lo intenta de nuevo, pero esta escenita se repite una vez tras otra.
La ira usa una técnica especial, sale descabelladamente contra todo, y cuando encuentra a alguien lo envuelve y juntos salen a buscar a alguien más, formando así una suerte de bola de nieve que crece y crece sin cesar hasta chocar con el amor.
El amor está siempre ahí, dispuesto a dejarse aplastar por la bola de nieve una vez tras otra hasta desarmarla. El amor no es el mejor jugador a la hora de buscar, pero a la hora de esconderse… sí que sabe lo que hace. Es muy difícil de encontrar, y cuando uno piensa que lo consiguió, se escabulló para otro lado el muy pillo.
La soledad es la más fácil de encontrar cuando le toca esconderse, pero nunca está sola, siempre está en compañía de la angustia o el dolor. La soledad nunca está sola, porque la soledad no se aguanta.
Las ganas son muy ansiosas, y cuando les toca buscar se van por todos lados. Las ganas se van… se van…
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lunes, 11 de enero de 2010
Lost n’ found
Ya estaba a punto de darme por vencido. Jamás estuve tan cerca de bajar los brazos como en el momento en que te volví a encontrar.
Recuerdo aún con lujo de detalles, la noche en que te conocí; la única noche que pasamos juntos, hace ya tres años, dos meses y cuatro días. Me acuerdo de cada palabra que susurraste en mi oído con la claridad del medio día.
Esa noche fue como prenderme al pecho materno por primera vez, y saciar toda necesidad que podía llegar a tener.
Veo tu rostro cada noche, despidiéndote de mi; y para mi cada noche, es esa noche. Aquella despedida en la que no me animé a pedirte el número telefónico porque me juraste que nos íbamos a volver a encontrar, y que de esa manera sería más divertido.
Antes de salir por la puerta, entre tantas cosas, me dijiste que salías a caminar por Oroño a diario, y que los fines de semana disfrutabas de los parques o del río; dependiendo de la estación… te hubiese escuchado eternamente, porque sigo cautivado por el tono de tu voz.
Te empecé a extrañar cuando te levantaste a preparar el desayuno; jamás antes había sentido mi abrazo tan hueco. Ya había amanecido y sabía que pronto llegaría el momento de “un adiós maquillado de hasta luego”. Yo nunca quise que fuera así, y me gustaría preguntarte que hubieras querido vos. No espero una respuesta, mejor, no ahora. Lo importante es que después de tanto tiempo te volví a encontrar.
Días enteros pasé en el boulevard buscándote entre las caras y aunque ninguna era la tuya, muchas tenían algo de vos…¿por qué no aparecías de nuevo en mi vida? Te estuve buscando por donde me dijiste que estarías, y al final te encuentro en otro lado.
Sé que no fue a propósito, y sé también que preferirías que te hubiese encontrado allí y no aquí; pero así se dieron las cosas.
Me gustaría explicarte cómo me sentí cada uno de los minutos, horas y días que pasé buscándote y esperando a que aparezcas. Recuerdo uno en especial. Fue un 4 de noviembre, que para mi era como un cuatro de copas. Llovía como nunca. El cielo estaba negro como si estuviese cubierto por cientos de miles de millones de cuervos sobrevolando la ciudad, uno muy juntito al otro, esperando un momento de debilidad para poder alimentarse. Era como si estuviesen tan juntos como supimos estar nosotros aquella vez; y el sólo pensar en aquella vez evitó que el negro cielo se me venga encima.
Las gotas no caían de a una, sino de a miles sobre mi cuerpo vestido y mi alma desnuda, pero yo no quería moverme de ahí por miedo a que ese día si pasaras. Cuándo llegué a mi casa, empapado, lo que caía a cántaros eran las lágrimas de mis ojos. Lágrimas por no haberte encontrado una vez más, pero las peores lágrimas eran las del miedo de haberte perdido para siempre. Pero te volví a encontrar. Me encantaría poder jurarte que esta vez no te voy a dejar ir, pero no puedo hacerlo; no sería justo.
¡Qué noche aquella! ¡Qué tarde la de hoy! ¡Cuántas mañanas pasaron en el medio!
Mañanas en las que yo salía temprano a caminar por Oroño, y cuado el sol estaba en lo más alto me sentaba en un banquito a esperarte ahí, en el boulevard.
A veces llevaba el mate, y soñaba con cebarte unos amargos, otras compraba una gaseosa en un kiosko y pedía dos vasos por las dudas y volvía sentarme a esperar a que vengas con la luna.
Lo de la gaseosa no me gustaba mucho, porque me asustaba pensar que cuando yo dejaba el cantero central, aunque sea siempre era por unos minutos nada más, podía perderme de encontrarte otra vez… quizás haya pasado ¿quién sabe? Además Marta, la señora del kiosko, a pesar de agradecerme siempre el cambio justo (no lo hacía por amabilidad, sino para no perder tiempo alejado del lugar donde podías llegar a aparecer) nunca me regaló una sonrisa. Una vez la vi mirándome, sentado, solo, con una gaseosa y con dos vasos. ¿Qué habrá pensado la pobre mujer? Seguro que ni se imaginaba lo nuestro.
No sé por qué te estoy contando esto. Tal vez sea porque quiero que sepas que nunca dejé de pensarte; y ahora que te tengo en frente mío, y más lejos que nunca; a mis ojos nublados les cuesta leer tu nombre en la lápida; a mis piernas les es casi imposible dejar de temblar; a mis brazos se les dificulta apretar tu ausencia más que antes, a mi boca no se le olvida tu nombre, ni el gusto de la tuya; a mi corazón cansado de latir le prometo que no voy a dejar aquella noche que me susurraste al oído, mientras jugabas con tu lengua en mi lóbulo, tu nombre: “Felicidad”.
Recuerdo aún con lujo de detalles, la noche en que te conocí; la única noche que pasamos juntos, hace ya tres años, dos meses y cuatro días. Me acuerdo de cada palabra que susurraste en mi oído con la claridad del medio día.
Esa noche fue como prenderme al pecho materno por primera vez, y saciar toda necesidad que podía llegar a tener.
Veo tu rostro cada noche, despidiéndote de mi; y para mi cada noche, es esa noche. Aquella despedida en la que no me animé a pedirte el número telefónico porque me juraste que nos íbamos a volver a encontrar, y que de esa manera sería más divertido.
Antes de salir por la puerta, entre tantas cosas, me dijiste que salías a caminar por Oroño a diario, y que los fines de semana disfrutabas de los parques o del río; dependiendo de la estación… te hubiese escuchado eternamente, porque sigo cautivado por el tono de tu voz.
Te empecé a extrañar cuando te levantaste a preparar el desayuno; jamás antes había sentido mi abrazo tan hueco. Ya había amanecido y sabía que pronto llegaría el momento de “un adiós maquillado de hasta luego”. Yo nunca quise que fuera así, y me gustaría preguntarte que hubieras querido vos. No espero una respuesta, mejor, no ahora. Lo importante es que después de tanto tiempo te volví a encontrar.
Días enteros pasé en el boulevard buscándote entre las caras y aunque ninguna era la tuya, muchas tenían algo de vos…¿por qué no aparecías de nuevo en mi vida? Te estuve buscando por donde me dijiste que estarías, y al final te encuentro en otro lado.
Sé que no fue a propósito, y sé también que preferirías que te hubiese encontrado allí y no aquí; pero así se dieron las cosas.
Me gustaría explicarte cómo me sentí cada uno de los minutos, horas y días que pasé buscándote y esperando a que aparezcas. Recuerdo uno en especial. Fue un 4 de noviembre, que para mi era como un cuatro de copas. Llovía como nunca. El cielo estaba negro como si estuviese cubierto por cientos de miles de millones de cuervos sobrevolando la ciudad, uno muy juntito al otro, esperando un momento de debilidad para poder alimentarse. Era como si estuviesen tan juntos como supimos estar nosotros aquella vez; y el sólo pensar en aquella vez evitó que el negro cielo se me venga encima.
Las gotas no caían de a una, sino de a miles sobre mi cuerpo vestido y mi alma desnuda, pero yo no quería moverme de ahí por miedo a que ese día si pasaras. Cuándo llegué a mi casa, empapado, lo que caía a cántaros eran las lágrimas de mis ojos. Lágrimas por no haberte encontrado una vez más, pero las peores lágrimas eran las del miedo de haberte perdido para siempre. Pero te volví a encontrar. Me encantaría poder jurarte que esta vez no te voy a dejar ir, pero no puedo hacerlo; no sería justo.
¡Qué noche aquella! ¡Qué tarde la de hoy! ¡Cuántas mañanas pasaron en el medio!
Mañanas en las que yo salía temprano a caminar por Oroño, y cuado el sol estaba en lo más alto me sentaba en un banquito a esperarte ahí, en el boulevard.
A veces llevaba el mate, y soñaba con cebarte unos amargos, otras compraba una gaseosa en un kiosko y pedía dos vasos por las dudas y volvía sentarme a esperar a que vengas con la luna.
Lo de la gaseosa no me gustaba mucho, porque me asustaba pensar que cuando yo dejaba el cantero central, aunque sea siempre era por unos minutos nada más, podía perderme de encontrarte otra vez… quizás haya pasado ¿quién sabe? Además Marta, la señora del kiosko, a pesar de agradecerme siempre el cambio justo (no lo hacía por amabilidad, sino para no perder tiempo alejado del lugar donde podías llegar a aparecer) nunca me regaló una sonrisa. Una vez la vi mirándome, sentado, solo, con una gaseosa y con dos vasos. ¿Qué habrá pensado la pobre mujer? Seguro que ni se imaginaba lo nuestro.
No sé por qué te estoy contando esto. Tal vez sea porque quiero que sepas que nunca dejé de pensarte; y ahora que te tengo en frente mío, y más lejos que nunca; a mis ojos nublados les cuesta leer tu nombre en la lápida; a mis piernas les es casi imposible dejar de temblar; a mis brazos se les dificulta apretar tu ausencia más que antes, a mi boca no se le olvida tu nombre, ni el gusto de la tuya; a mi corazón cansado de latir le prometo que no voy a dejar aquella noche que me susurraste al oído, mientras jugabas con tu lengua en mi lóbulo, tu nombre: “Felicidad”.
miércoles, 6 de enero de 2010
Cortesía
-¿Cómo te va?-
-Bien- respondió ella esperando no volverlo a ver jamás.
Ahí nomás él bajó a la calle y el deseo de Marina tomó forma de Renault 19 y se cumplió.
-Bien- respondió ella esperando no volverlo a ver jamás.
Ahí nomás él bajó a la calle y el deseo de Marina tomó forma de Renault 19 y se cumplió.
La virgencita
Hace un tiempo considerable que estamos saliendo ya, y todavía nada. Ni siquiera me deja tomarla de la mano; ningún tipo de contacto físico es aceptable para ella.
La verdad, es que no lo entiendo. Estamos bien juntos, pero nada. Lo que comparto con ella es tan especial y tan incompleto a la vez. Sé que estamos más allá del sexo; y no sólo eso es lo que pretendo; algunos mimos no vendrían nada mal.
Ya no es cuestión de paciencia, en absoluto; sé que nuca me va a besar. A veces me pierdo en sus ojos, y algunas otras veces, bajo la mirada y no puedo evitar pensar en el sabor de sus labios, o de sus pechos; pero sé que es una utopía vana como tantas otras.
Nunca pretendimos “sólo una amistad”, incluso ya nos juramos amor eterno como tantas veces hicimos con nuestras parejas anteriores, aunque ella niegue haber tenido alguna.
Eso es imposible. La tristeza de su mirada debe deberse, sin duda alguna, a un corazón roto.
No puedo evitar enamorarme de ella en ese preciso, e intensamente bello, instante que separa la caída de sus párpados de la caída de de las primeras lágrimas sobre sus rojizas mejillas. ¿Será una cuestión sádica que me enamore justamente de su dolor? ¿O será que quiero, más que ninguna otra cosa en mi efímera existencia, detener la hemorragia de su corazón? La verdad es que no lo sé, pero me encantaría averiguarlo.
Hablando de verdades, voy a confesar una: me cansé de esperar una suerte de “insight”, o de iluminación mientras miro la máquina del tiempo que llevo atada a la muñeca escuchando como siempre el “tic” está un paso delante del “tac”.
¿Cuántas veces he intentado recorrer sus largos cabellos con la yema de mis dedos?
Incontables son las ocasiones en que, en vano, le pedí que pasara la noche conmigo, jurándole que nunca me iba a propasar.
Ya no sé que voy a hacer, y mucho menos que pensar. ¿Será ella? ¿Seré yo? ¿Ambos tal vez? Incluso llegué a pensar que era una broma macabra del destino, siendo que no creo en ningún otro destino más que la muerte.
Juro que ya no sé siquiera si esta relación es imaginaria y la estoy usando para salar mis propias heridas o si es tan real como el papel sobre el que estoy escribiendo.
Cada día, cada hora, cada instante, me cuesta más discernir entre lo real y lo no real. Todo me resulta demasiado tangible y abstracto a la vez… es muy confuso.
Quisiera poder entenderla, pero no me explica, no se acerca a mí, sino todo lo contrario.
Esta vez voy a perseguirla. No voy a acosarla con preguntas que lleven a respuestas ambiguas y vacías.
Estoy dispuesto a encontrar la verdad, aunque me desgarre el alma, o me produzca una herida narcisista tan grande como la que Galileo nos causó a todos los seres humanos.
Es que ya no soporto el sudor en la palma de mis manos, ni las palpitaciones del bobo; ninguna de las alteraciones que ella causa en mi anatomía. Lo admito, es uno de los poco seres que consiguió atravesar al menos tres planos de mi ser: mi razón, mi alma y mi cuerpo; y le regalaría todo mi ser, y no sólo esos tres planos, si ella estuviese dispuesta a regalarme al menos, una gota de su sangre.
Pero como ya dije antes, me cansé de esperar y salí a buscarla en la soledad de la metrópolis cosmopolita. Tardé diez eternidades en encontrarla, pero finalmente lo hice. Estaba parada al pie de una de las camas de la habitación numero nueve del Hospital Centenario.
No dije nada y tomé una actitud voyeurista. Me quedé en el umbral de la puerta viéndola juntar valor para caminar esos tres pasos que la separaban de la cabecera de la misma cama.
Allí había una niña, de ojos celestes y mirada perdida. Parecía que esta niña lo había entendido todo, incluso su tiempo.
Tuvieron que pasar algunos minutos, no sé bien cuantos, pero si sé que cada uno de ellos era más largo que el anterior; para que ella tuviera el coraje suficiente para caminar esos tres pasos.
Lo hizo. Yo la seguí con la mirada, más enamorado que nunca, pero la niña siguió mirando la pared como lo venía haciendo, al menos desde que yo había llegado. Ella se agachó y, con ternura, besó a la niña en la frente. El tiempo se detuvo; y con él mi corazón y mis dudas. No recuerdo haber sentido tanta envidia jamás; pero a la vez, me sentí calmo. No era esa calma inquieta del ojo del huracán, sino su oposición. Era la calma de una tarde soleada y brisa fresca porque al fin pude entender y entenderla. Al fin comprendí que ella era mi destino; no ese destino del que descreo, sino justamente el otro. No tuve miedo. Me acerqué. La miré fijamente a sus ojos empapados y besé su boca. Pensé que eso nos uniría en la eternidad, pero ella se quedó en la tierra a seguir cumpliendo con su tarea.
La verdad, es que no lo entiendo. Estamos bien juntos, pero nada. Lo que comparto con ella es tan especial y tan incompleto a la vez. Sé que estamos más allá del sexo; y no sólo eso es lo que pretendo; algunos mimos no vendrían nada mal.
Ya no es cuestión de paciencia, en absoluto; sé que nuca me va a besar. A veces me pierdo en sus ojos, y algunas otras veces, bajo la mirada y no puedo evitar pensar en el sabor de sus labios, o de sus pechos; pero sé que es una utopía vana como tantas otras.
Nunca pretendimos “sólo una amistad”, incluso ya nos juramos amor eterno como tantas veces hicimos con nuestras parejas anteriores, aunque ella niegue haber tenido alguna.
Eso es imposible. La tristeza de su mirada debe deberse, sin duda alguna, a un corazón roto.
No puedo evitar enamorarme de ella en ese preciso, e intensamente bello, instante que separa la caída de sus párpados de la caída de de las primeras lágrimas sobre sus rojizas mejillas. ¿Será una cuestión sádica que me enamore justamente de su dolor? ¿O será que quiero, más que ninguna otra cosa en mi efímera existencia, detener la hemorragia de su corazón? La verdad es que no lo sé, pero me encantaría averiguarlo.
Hablando de verdades, voy a confesar una: me cansé de esperar una suerte de “insight”, o de iluminación mientras miro la máquina del tiempo que llevo atada a la muñeca escuchando como siempre el “tic” está un paso delante del “tac”.
¿Cuántas veces he intentado recorrer sus largos cabellos con la yema de mis dedos?
Incontables son las ocasiones en que, en vano, le pedí que pasara la noche conmigo, jurándole que nunca me iba a propasar.
Ya no sé que voy a hacer, y mucho menos que pensar. ¿Será ella? ¿Seré yo? ¿Ambos tal vez? Incluso llegué a pensar que era una broma macabra del destino, siendo que no creo en ningún otro destino más que la muerte.
Juro que ya no sé siquiera si esta relación es imaginaria y la estoy usando para salar mis propias heridas o si es tan real como el papel sobre el que estoy escribiendo.
Cada día, cada hora, cada instante, me cuesta más discernir entre lo real y lo no real. Todo me resulta demasiado tangible y abstracto a la vez… es muy confuso.
Quisiera poder entenderla, pero no me explica, no se acerca a mí, sino todo lo contrario.
Esta vez voy a perseguirla. No voy a acosarla con preguntas que lleven a respuestas ambiguas y vacías.
Estoy dispuesto a encontrar la verdad, aunque me desgarre el alma, o me produzca una herida narcisista tan grande como la que Galileo nos causó a todos los seres humanos.
Es que ya no soporto el sudor en la palma de mis manos, ni las palpitaciones del bobo; ninguna de las alteraciones que ella causa en mi anatomía. Lo admito, es uno de los poco seres que consiguió atravesar al menos tres planos de mi ser: mi razón, mi alma y mi cuerpo; y le regalaría todo mi ser, y no sólo esos tres planos, si ella estuviese dispuesta a regalarme al menos, una gota de su sangre.
Pero como ya dije antes, me cansé de esperar y salí a buscarla en la soledad de la metrópolis cosmopolita. Tardé diez eternidades en encontrarla, pero finalmente lo hice. Estaba parada al pie de una de las camas de la habitación numero nueve del Hospital Centenario.
No dije nada y tomé una actitud voyeurista. Me quedé en el umbral de la puerta viéndola juntar valor para caminar esos tres pasos que la separaban de la cabecera de la misma cama.
Allí había una niña, de ojos celestes y mirada perdida. Parecía que esta niña lo había entendido todo, incluso su tiempo.
Tuvieron que pasar algunos minutos, no sé bien cuantos, pero si sé que cada uno de ellos era más largo que el anterior; para que ella tuviera el coraje suficiente para caminar esos tres pasos.
Lo hizo. Yo la seguí con la mirada, más enamorado que nunca, pero la niña siguió mirando la pared como lo venía haciendo, al menos desde que yo había llegado. Ella se agachó y, con ternura, besó a la niña en la frente. El tiempo se detuvo; y con él mi corazón y mis dudas. No recuerdo haber sentido tanta envidia jamás; pero a la vez, me sentí calmo. No era esa calma inquieta del ojo del huracán, sino su oposición. Era la calma de una tarde soleada y brisa fresca porque al fin pude entender y entenderla. Al fin comprendí que ella era mi destino; no ese destino del que descreo, sino justamente el otro. No tuve miedo. Me acerqué. La miré fijamente a sus ojos empapados y besé su boca. Pensé que eso nos uniría en la eternidad, pero ella se quedó en la tierra a seguir cumpliendo con su tarea.
martes, 5 de enero de 2010
… y un día murió
Fue ahí cuando lo vi.
No pude discernir si estaba en el suelo o en su agonía.
De lo que estoy seguro es de que estabas quedando sin el ángel que te cuida.
No pude discernir si estaba en el suelo o en su agonía.
De lo que estoy seguro es de que estabas quedando sin el ángel que te cuida.
Divorcio
Se pelearon.
Cada cual está en su lado de la cama.
Ya no se hablan, ya no se miran, ya no se tocan.
Años atrás, no imaginaban este destino, eran felices. Compartían las risas y el llanto; pero sobre todo compartían el contenido de sus cajones. ¿Qué voy a hacer con ellas ahora? “se me divorciaron las mesitas de luz”….
Cada cual está en su lado de la cama.
Ya no se hablan, ya no se miran, ya no se tocan.
Años atrás, no imaginaban este destino, eran felices. Compartían las risas y el llanto; pero sobre todo compartían el contenido de sus cajones. ¿Qué voy a hacer con ellas ahora? “se me divorciaron las mesitas de luz”….
Telegrama
Sonó el timbre, desafinado como todos los lunes. Bajó las escaleras y abrió la puerta.
Había recibido un telegrama.
Solamente a la humanidad se le ocurre despedir a dios.
Había recibido un telegrama.
Solamente a la humanidad se le ocurre despedir a dios.
Descanso
Ahí estaba, en su sillón favorito. Sus anteojos descansaban sutilmente en la punta de su nariz. Los hielos de su vaso de whisky no se habían derretido aún.
La luz estaba apagada y la T.V encendida, pero el ya no vería más nada.
La luz estaba apagada y la T.V encendida, pero el ya no vería más nada.
lunes, 4 de enero de 2010
Instrucciones para subir una escalera (Julio Cortázar)
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
Volver
Volvió.
Volvió a su barrio.
Volvió a su calle.
Volvió a su casa.
Volvió a su pieza.
Volvió a su cama.
Nadie pudo aceptar su vuelta. Todos decidieron irse.
Volvió a su barrio.
Volvió a su calle.
Volvió a su casa.
Volvió a su pieza.
Volvió a su cama.
Nadie pudo aceptar su vuelta. Todos decidieron irse.
El presente pasado de moda
Tomá, dijo él, y le entregó la caja.
Gracias, dijo ella mientras la tomaba. ¡A ver! Exclamó mientras la abría.
No puedo aceptarlo, dijo ella en el instante en que vio que él le estaba regalando todo su dolor.
Él salió al balcón de su octavo “b”. Allí lo esperaba el pavimento.
Gracias, dijo ella mientras la tomaba. ¡A ver! Exclamó mientras la abría.
No puedo aceptarlo, dijo ella en el instante en que vio que él le estaba regalando todo su dolor.
Él salió al balcón de su octavo “b”. Allí lo esperaba el pavimento.
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