I fart rainbows…
And keep them inside a mamushka
martes, 23 de febrero de 2010
El agujero en el cristal
La luz besaba el agujero en el cristal que había dejado la roca, y decidieron escapar por allí.
¿Quién habrá arrojado el proyectil desde afuera? ¿Por qué lo habrá hecho? Son preguntas que ninguno se atrevió a hacerse. Lo importante era no estar más confinados a la prisión de cristal.
De manera improvisada, y sin organización alguna, comenzaron a atravesar el agujero. ¿Qué les esperará del otro lado? ¿Qué habrá detrás del cristal además de rocas? Después de todo, lo único que conocen del otro lado del cristal es esa roca que les cambió la rutina.
Los sueños y las ilusiones, no son organizados; son incontrolables, impulsivos e ilógicos. Es por eso que estaban encarcelados. Porque el padre de todos los niños los detesta y tan sólo estaba esperando el momento justo para llevarlos a su nueva jaula. Nunca los va a dejar en libertad, siempre los tuvo en la palma de su mano, siempre bajo control. Mientras él esté aquí no habrá niños en libertad; ni siquiera habrá niños, sino pequeños hombres; tampoco libertad, sino cárceles más grandes.
¡MALDITO PADRE DE TODOS LOS NIÑOS!
¡MALDITO ESTADO!
-Quisiera poder matarte, pero sigo encarcelado… ¡Ay cuando consiga escapar, nos las vas a pagar!- pensaba en su celda mientras acariciaba a la esperanza.
La esperanza es la encargada de avivar las llamas, de alimentar a los sueños y a las ilusiones; a esos quienes son todos los niños; porque la esperanza sabe que pronto, prontito; todos los niños estarán listos para el parricidio.
¿Quién habrá arrojado el proyectil desde afuera? ¿Por qué lo habrá hecho? Son preguntas que ninguno se atrevió a hacerse. Lo importante era no estar más confinados a la prisión de cristal.
De manera improvisada, y sin organización alguna, comenzaron a atravesar el agujero. ¿Qué les esperará del otro lado? ¿Qué habrá detrás del cristal además de rocas? Después de todo, lo único que conocen del otro lado del cristal es esa roca que les cambió la rutina.
Los sueños y las ilusiones, no son organizados; son incontrolables, impulsivos e ilógicos. Es por eso que estaban encarcelados. Porque el padre de todos los niños los detesta y tan sólo estaba esperando el momento justo para llevarlos a su nueva jaula. Nunca los va a dejar en libertad, siempre los tuvo en la palma de su mano, siempre bajo control. Mientras él esté aquí no habrá niños en libertad; ni siquiera habrá niños, sino pequeños hombres; tampoco libertad, sino cárceles más grandes.
¡MALDITO PADRE DE TODOS LOS NIÑOS!
¡MALDITO ESTADO!
-Quisiera poder matarte, pero sigo encarcelado… ¡Ay cuando consiga escapar, nos las vas a pagar!- pensaba en su celda mientras acariciaba a la esperanza.
La esperanza es la encargada de avivar las llamas, de alimentar a los sueños y a las ilusiones; a esos quienes son todos los niños; porque la esperanza sabe que pronto, prontito; todos los niños estarán listos para el parricidio.
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El agujero en el cristal
lunes, 22 de febrero de 2010
Carta a una señorita en París (Julio Cortázar)
Uno de mis favoritos de todos los tiempos... Está ahí. Siempre igual, siempre distinto.
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.
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Julio Cortázar
miércoles, 17 de febrero de 2010
Los tres poderes
-¡Fiesta de gas mostaza y una ronda de infartos para todos, cantinero!- y las personas que estaban en el bar comenzaron a caer, una por una. Fue entonces cuando me dí cuenta del poder de la palabra.
Hay palabras que son abrazos al alma, y hay otras que son puñales al corazón.
-¡Subite al tren!- le grité apurado, y cuando lo volví a ver estaba en el techo del mismo. Hay gente que toma las palabras de manera literal, no importa la ocasión. Al presenciar estas situaciones, recuerdo el poder de la estupidez…
Decidí salir a surfear aquel día. Agarré mi tabla y salté por el balcón. Recorrí los cielos degustando las nubes de la mañana. Monté mi tabla en el mar de lava ardiente, huyendo de dioses y demonios. Ahí me acordé del poder de la religión. Poder de hacer dinero explotando la fe de las personas.
Los tres poderes, nos son ejecutivo, legislativo y judicial estimado lector; sino los que acabo de mencionar: palabra, estupidez y religión; y su relación es la siguiente:
Hay que caer en la estupidez para creer la palabra vacía de la codiciosa religión.
Hay palabras que son abrazos al alma, y hay otras que son puñales al corazón.
-¡Subite al tren!- le grité apurado, y cuando lo volví a ver estaba en el techo del mismo. Hay gente que toma las palabras de manera literal, no importa la ocasión. Al presenciar estas situaciones, recuerdo el poder de la estupidez…
Decidí salir a surfear aquel día. Agarré mi tabla y salté por el balcón. Recorrí los cielos degustando las nubes de la mañana. Monté mi tabla en el mar de lava ardiente, huyendo de dioses y demonios. Ahí me acordé del poder de la religión. Poder de hacer dinero explotando la fe de las personas.
Los tres poderes, nos son ejecutivo, legislativo y judicial estimado lector; sino los que acabo de mencionar: palabra, estupidez y religión; y su relación es la siguiente:
Hay que caer en la estupidez para creer la palabra vacía de la codiciosa religión.
En la distancia
A Belen, que me pidió que le ponga palabras a su viejo sentimiento hace un tiempo ya; refugiándonos en el suelo frío. Refugiándonos también en nuestra amistad.
En el adentro de mi abrazo te siento, aunque no estés ahí.
Quién me viera pensaría que estoy loco, feliz de abrazar el aire; el vacío de la distancia.
En cada palabra que me susurrás por teléfono, siento tu aliento en mi oído.
Cada idea que dibujás en mi mente es tan vívida y real, en cada una de ellas estás.
Te tengo en la lejanía, te tengo en el corazón. Me tenés en la lejanía, me tenés en el corazón.
Nos tenemos sin tenernos. Nos abrazamos mancos, nos acariciamos sin dedos, nos besamos sin labios, nos miramos ciegos.
Existimos, por un instante, materializados el uno frente al otro; cuando jugamos a desordenar los átomos y crearnos una imagen parecida a nuestro amor. Existimos estando juntos, rompiendo el tiempo y el espacio.
Existimos el uno para el otro. Existís para mí. Existo para vos. Existo para estar contigo a la distancia, mi amor.
En el adentro de mi abrazo te siento, aunque no estés ahí.
Quién me viera pensaría que estoy loco, feliz de abrazar el aire; el vacío de la distancia.
En cada palabra que me susurrás por teléfono, siento tu aliento en mi oído.
Cada idea que dibujás en mi mente es tan vívida y real, en cada una de ellas estás.
Te tengo en la lejanía, te tengo en el corazón. Me tenés en la lejanía, me tenés en el corazón.
Nos tenemos sin tenernos. Nos abrazamos mancos, nos acariciamos sin dedos, nos besamos sin labios, nos miramos ciegos.
Existimos, por un instante, materializados el uno frente al otro; cuando jugamos a desordenar los átomos y crearnos una imagen parecida a nuestro amor. Existimos estando juntos, rompiendo el tiempo y el espacio.
Existimos el uno para el otro. Existís para mí. Existo para vos. Existo para estar contigo a la distancia, mi amor.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Pensar
Mientras bajaba por el ascensor, estaba pensando en ella; en todas las cosas que le quería mostrar, en todas las palabras que iba a susurrar en su oído.
Pensaba en su sonrisa, en el sabor de su piel, en el calor de su cuerpo, en su aliento en mi cara.
Pensaba en decirle que la amaba, que ella era la razón para que mis pulmones vuelvan a llenarse de aire una y otra vez, que sin ella no sabría como vivir.
Pensaba en tomarla entre mis brazos; pensaba en mirarla a los ojos. Pensaba en recorrer sus cabellos con mis dedos. Pensaba en su voz, pensaba en sus caricias.
Mientras bajaba el ascensor, venía pensando en ella, y cuando llegué a la planta baja, la seguí pensando.
Seguí pensando en el encuentro, en nuestra última conversación telefónica, en el mensaje de texto que me había escrito ayer.
Cuando salí a la calle no dejé de pensarla ni un instante. Pensaba en encontrarla en cada esquina, en decir su nombre, en escucharla al saludarme, en ver la alegría brillando en sus ojos.
La pensé todo el camino al hospital. La pensé en todo momento.
La pensé cuando tuve en mis brazos por primera vez a aquello tan bello que hicimos juntos, la pensé cuando él empezó a llorar, la pensé hasta que conseguí consolarlo.
La pensé siempre, y a él le prometo que nunca voy a dejar de pensar a su mamá; le prometo que, aunque ya no pueda abrazarla, nunca la voy a dejar de pensar.
Pensaba en su sonrisa, en el sabor de su piel, en el calor de su cuerpo, en su aliento en mi cara.
Pensaba en decirle que la amaba, que ella era la razón para que mis pulmones vuelvan a llenarse de aire una y otra vez, que sin ella no sabría como vivir.
Pensaba en tomarla entre mis brazos; pensaba en mirarla a los ojos. Pensaba en recorrer sus cabellos con mis dedos. Pensaba en su voz, pensaba en sus caricias.
Mientras bajaba el ascensor, venía pensando en ella, y cuando llegué a la planta baja, la seguí pensando.
Seguí pensando en el encuentro, en nuestra última conversación telefónica, en el mensaje de texto que me había escrito ayer.
Cuando salí a la calle no dejé de pensarla ni un instante. Pensaba en encontrarla en cada esquina, en decir su nombre, en escucharla al saludarme, en ver la alegría brillando en sus ojos.
La pensé todo el camino al hospital. La pensé en todo momento.
La pensé cuando tuve en mis brazos por primera vez a aquello tan bello que hicimos juntos, la pensé cuando él empezó a llorar, la pensé hasta que conseguí consolarlo.
La pensé siempre, y a él le prometo que nunca voy a dejar de pensar a su mamá; le prometo que, aunque ya no pueda abrazarla, nunca la voy a dejar de pensar.
martes, 9 de febrero de 2010
Duelo con pistolas al amanecer
Al Sr. Xyz. Por sus comentarios en “Cirugía (del ciruja)”.
Todavía no pude descifrar su identidad.
Una historia sobre vaqueros del lejano Oeste.
Espero la disfrute.
-Whisky, cantinero. Y deje la botella.- Mañana cuando el sol aparezca detrás de la colina tendré que tomar la decisión. Pero ¿cómo tomarla? ¿Acaso mi vida vale más que la de Billy el Forajido?
Después de todo, yo soy el que actuó mal. Yo lo traicioné; pero fue por amor. No es culpa mía que él la haya conocido primero.
Este va a ser mi primer duelo con pistolas y no sé que hacer. No he decidido si perder mi vida o arriesgarme a seguir viviendo con la culpa. Con la hermosa Janet, pero también cargando la culpa de la traición y de la muerte en mis hombros.
Ya manché mi consciencia. ¿Debería manchar también mis manos?
Conozco a Billy el Forajido, y sé que no le temblará el pulso a la hora del duelo. A pesar de nuestra historia, él haría cualquier cosa para recuperar su orgullo.
Yo fui capaz de cosas terribles en mi vida… pero a quien tengo en frente es Billy, y en su lugar, creo que, yo haría lo mismo. Pero no estoy en su lugar, no fui el humillado, sino quien se encargó de humillar al bandido más famoso de todo el Oeste.
¿Qué voy a hacer mañana? Mi amigo Jack Daniels aquí presente me ayudará a tomar la decisión...
Todavía no pude descifrar su identidad.
Una historia sobre vaqueros del lejano Oeste.
Espero la disfrute.
-Whisky, cantinero. Y deje la botella.- Mañana cuando el sol aparezca detrás de la colina tendré que tomar la decisión. Pero ¿cómo tomarla? ¿Acaso mi vida vale más que la de Billy el Forajido?
Después de todo, yo soy el que actuó mal. Yo lo traicioné; pero fue por amor. No es culpa mía que él la haya conocido primero.
Este va a ser mi primer duelo con pistolas y no sé que hacer. No he decidido si perder mi vida o arriesgarme a seguir viviendo con la culpa. Con la hermosa Janet, pero también cargando la culpa de la traición y de la muerte en mis hombros.
Ya manché mi consciencia. ¿Debería manchar también mis manos?
Conozco a Billy el Forajido, y sé que no le temblará el pulso a la hora del duelo. A pesar de nuestra historia, él haría cualquier cosa para recuperar su orgullo.
Yo fui capaz de cosas terribles en mi vida… pero a quien tengo en frente es Billy, y en su lugar, creo que, yo haría lo mismo. Pero no estoy en su lugar, no fui el humillado, sino quien se encargó de humillar al bandido más famoso de todo el Oeste.
¿Qué voy a hacer mañana? Mi amigo Jack Daniels aquí presente me ayudará a tomar la decisión...
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martes, 2 de febrero de 2010
Cirugía (del ciruja)
¿Cúales serán las palabras para describir mi ansiedad? Después de esperar tantos años a la medicina, hoy, ahora, estoy en el quirófano. La verdad es que no lo puedo creer. Finalmente voy a ser normal, o volver a serlo. Me dijeron que no nací así, pero yo no me recuerdo sin mi condición.
Dicen tener evidencia fotográfica; pero ¿cómo saber si la criatura de apenas unos meses soy realmente yo? Podría ser cualquiera…
Este no es el mejor momento para las fantasías paranoides; estoy desnudo, a punto de ser drogado por un grupo de desconocidos. Pero ¿cómo no ser paranoico?
Después de más de treinta años viviendo con un tenedor clavado en la frente, uno desconfía de todo y de todos.
Cuentan que dicen que escucharon alguna vez, que fue un accidente en mi primera noche buena. ¿Llamar a un tenedor en la frente un accidente? Por favor… si nos vamos a poner en pavotes podemos decir que un zapatazo al ángulo también es un accidente; o ¿por qué no? El encontronazo entre un espermatozoide y un óvulo también lo es.
Pero no dicen que yo sea un accidente, al menos no a viva voz, dicen que mi condición lo es; pero en tan sólo un par de horas voy a “volver a” ser normal.
-Contá de manera descendente de diez hasta cero- dijo el anestesista, luego de retirar la jeringa.
-Diez- empecé, y la anestesia comenzó a surtir efecto. –nueve, ocho, siete, seis…-
Dicen tener evidencia fotográfica; pero ¿cómo saber si la criatura de apenas unos meses soy realmente yo? Podría ser cualquiera…
Este no es el mejor momento para las fantasías paranoides; estoy desnudo, a punto de ser drogado por un grupo de desconocidos. Pero ¿cómo no ser paranoico?
Después de más de treinta años viviendo con un tenedor clavado en la frente, uno desconfía de todo y de todos.
Cuentan que dicen que escucharon alguna vez, que fue un accidente en mi primera noche buena. ¿Llamar a un tenedor en la frente un accidente? Por favor… si nos vamos a poner en pavotes podemos decir que un zapatazo al ángulo también es un accidente; o ¿por qué no? El encontronazo entre un espermatozoide y un óvulo también lo es.
Pero no dicen que yo sea un accidente, al menos no a viva voz, dicen que mi condición lo es; pero en tan sólo un par de horas voy a “volver a” ser normal.
-Contá de manera descendente de diez hasta cero- dijo el anestesista, luego de retirar la jeringa.
-Diez- empecé, y la anestesia comenzó a surtir efecto. –nueve, ocho, siete, seis…-
Milagros
No lo puedo creer… ¿Otra vez lo mismo conmigo? ¿Será que no aprendo más?
De nuevo en el borde, “esperando el milagro”, pero el milagro no llegó ayer, no llega hoy, y no llegará mañana.
¡Ay Milagros! ¿Hay Milagros? Siempre dije que, no necesariamente el que busca encuentra; pero no te salí a buscar… me senté en la cornisa a esperar; y hoy estoy otra vez al borde del abismo, esperándote…
¿Será la locura de tu ausencia lo que me lleva a mirar hacia abajo y disfrutar del vértigo? ¿Será ese vértigo lo único que hace palpitar a mi corazón?
Ojala mi piel me hubiese dejado ir a buscarte, pero me mantuvo prisionero, nunca pude escaparle, por más que lo haya intentado una y mil veces. ¡Bah! En realidad las conté y fueron mil y una. Tal vez aquí, frente al vacío; si salgo a encontrarlo, consiga huirle…
Pero no quiero encontrarme con el vacío, prefiero esperar… esperar Milagros.
No quiero caer en clichés, pero es cierto eso de “el que espera, desespera”; y yo, estoy desesperado, desesperado por Milagros.
Veo Milagros todo el tiempo, en todas partes; pero siempre lejos mío.
¿Qué gano esperando? Tan sólo otra prisión… no sólo soy preso de mi piel, sino también de la espera. Soy preso de Milagros.
Pasan los días y los otoños se suceden… ¿esperando primaveras? Esperando Milagros, siempre esperando.
Esperar Milagros, no es perder el tiempo, consideraría que el tiempo está perdido en el preciso instante en que vea morir a la ilusión. ¿Sabés? Ella es mi única compañía en la espera. La verdad, no sé que haría sin ella…
¿Hay Milagros? ¡Ay Milagros! Me armo de paciencia y me desarmo de sólo pensar que por más que espere, Milagros no hay…
Milagros, que palabra tan bonita. Tan sólo pensar tu nombre me eriza la piel… ¿Dónde estás Milagros? ¿Dónde estás mi amor? Nunca quise a una mujer tanto como a vos Milagros… no quiero hacerlo milagros, te quiero a vos. ¡Quiero Milagros! Quiero Milagros y eso mantiene el ritmo de mi corazón. El día que deje de quererte, dejaré también de querer; y se perderá el son…
De nuevo en el borde, “esperando el milagro”, pero el milagro no llegó ayer, no llega hoy, y no llegará mañana.
¡Ay Milagros! ¿Hay Milagros? Siempre dije que, no necesariamente el que busca encuentra; pero no te salí a buscar… me senté en la cornisa a esperar; y hoy estoy otra vez al borde del abismo, esperándote…
¿Será la locura de tu ausencia lo que me lleva a mirar hacia abajo y disfrutar del vértigo? ¿Será ese vértigo lo único que hace palpitar a mi corazón?
Ojala mi piel me hubiese dejado ir a buscarte, pero me mantuvo prisionero, nunca pude escaparle, por más que lo haya intentado una y mil veces. ¡Bah! En realidad las conté y fueron mil y una. Tal vez aquí, frente al vacío; si salgo a encontrarlo, consiga huirle…
Pero no quiero encontrarme con el vacío, prefiero esperar… esperar Milagros.
No quiero caer en clichés, pero es cierto eso de “el que espera, desespera”; y yo, estoy desesperado, desesperado por Milagros.
Veo Milagros todo el tiempo, en todas partes; pero siempre lejos mío.
¿Qué gano esperando? Tan sólo otra prisión… no sólo soy preso de mi piel, sino también de la espera. Soy preso de Milagros.
Pasan los días y los otoños se suceden… ¿esperando primaveras? Esperando Milagros, siempre esperando.
Esperar Milagros, no es perder el tiempo, consideraría que el tiempo está perdido en el preciso instante en que vea morir a la ilusión. ¿Sabés? Ella es mi única compañía en la espera. La verdad, no sé que haría sin ella…
¿Hay Milagros? ¡Ay Milagros! Me armo de paciencia y me desarmo de sólo pensar que por más que espere, Milagros no hay…
Milagros, que palabra tan bonita. Tan sólo pensar tu nombre me eriza la piel… ¿Dónde estás Milagros? ¿Dónde estás mi amor? Nunca quise a una mujer tanto como a vos Milagros… no quiero hacerlo milagros, te quiero a vos. ¡Quiero Milagros! Quiero Milagros y eso mantiene el ritmo de mi corazón. El día que deje de quererte, dejaré también de querer; y se perderá el son…
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