martes, 27 de abril de 2010

Ateísmo

Ateo es aquel que la da el adiós eterno al dios eterno.

De una noche de Febreros y cervezas

Desde el primer momento que te vi, supe que no eras para mí; por eso te dejaré ir con la llegada del alba.
No me mal interpretes, me gusta mucho que nos acompañemos en la soledad y que hayamos sucumbido ante lo más primitivo de nuestra humanidad.
Compartimos algunos orgasmos y nada más. Nunca buscamos un pensamiento o un sentimiento en el otro. No fue eso lo que nos juntó. Fue la carne lo que nos juntó. No me enorgullece este hecho, y desde lo poco que te conocí en un pretendido cotejo, no creo que estés orgullosa tampoco. Disfrutamos nuestras vergüenzas e incluso podríamos llegar a repetirlas, juntos o con otros socios.
Placer vacío. Placer que perece en un instante. Placer banal. Placer insignificante. Placer terrenal. Placer animal.
Satisfechos e insatisfechos a la vez nos miramos exhaustos. Mirás mi pecho inflarse y desinflarse con cada pitada al cigarrillo. Yo miro tus ojos que cada vez que parpadean les cuesta más volver a abrirse. Los miro y no me quiero arrancar los míos.
Fue lo que tuvo que ser; un poster mal pegado en la pared que sostenía un Chagall; no es que no lo disfrute, pero si me dan a elegir entre “París desde mi ventana” y “Paris Hilton” la decisión no me angustia.
Mañana volveremos a ser extraños, pero esta noche nos tenemos de placebos. Esta noche encontramos algo de paz el uno en el otro. Esta noche termina igual que las demás. Esta noche termina con la luz atravesando la ventana. Esta noche termina en soledad, en soledad pero acompañado.

martes, 20 de abril de 2010

12:34

-Uno por favor.-
-50 pesos.- Me dijo.
Miré mi billetera y busqué a Sarmiento. Se lo cambié por el boleto. De los papeles impresos que intercambiamos, creo haberme llevado el mejor. Casi cualquier cosa en este mundo supera a un retrato suyo.
Caminé hasta el andén y me senté en un banco cercano a las vías. La estación estaba vacía y eso me asustaba un poco.
Miré mi reloj. Doce en punto. Faltan treinta y cuatro minutos.
Decidí que era un buen momento para que el humo de tabaco que quemaría baile con mis pulmones.
Al terminar el vals me sentí satisfecho. La música se llevó de paseo a mi ansiedad, pero sólo momentáneamente.
Cuando ella volvió, todavía faltaban varios minutos.
Miré a mi alrededor. Seguía siendo la única persona en el andén. Las boleterías ya habían cerrado, llevándose a los trabajadores a sus casas. Ellos apagaron las luces antes de partir. Ahora sí que estaba asustado. Para calmarme, imaginaba escuchar al tren llegando a la estación.
Sabía que no era real, pues faltaban quince minutos todavía, y nunca se ha registrado un caso en la historia en que lo esperado llegue antes de lo previsto. Excepto la muerte, claro.
Escuchar a la madera deshincharse entre el chirrido de los roedores y el canto de los grillos me alteraba, por lo que decidí colocar los auriculares en mis oídos. Sigur Ros siempre me ayudó a relajarme.
La espera se hizo más amena. Cuando pude ver la luz acercándose desde lo lejos y escuchar el ruido torpe más fuerte que la música, supe que pronto estaría de vuelta en casa.
El tren se acerca, pero viene muy rápido. Decidí acercarme a las vías y mover mis brazos para avisar que aquí estoy. Listo para abordar, boleto en mano y liviano de equipaje. Está llegando y no disminuye la velocidad.
Aturdido por el ruido y despeinado por el viento quedé cuando pasó de largo sin siquiera amagar a parar en la estación, como correspondía.
Parece que voy a pasar la noche acá. Noche larga me espera, así como yo esperé las 12:34.
Mañana volveré a casa. Mañana está lejos, y mi casa también.

martes, 13 de abril de 2010

Cronicidad de confesiones vacías

-¡Ahora vas a ver lo que es sufrir, hijo de puta!- y sentí el golpe en la nuca. Quise explicarle que no era yo a quién buscaba, que se había equivocadote persona; pero cada vez que lo intentaba, me respondía con un soberbio: “nosotros no cometemos errores” y volvía a empujar mi cabeza al agua helada, casi hasta que se acabe el aire que podía mantener en mis pulmones.
Cuando pasamos a la electricidad traté de convencerlo de que me dejara ir, ya que nunca me había quitado la venda de los ojos, no le había visto la cara y si nos cruzábamos en la calle no iba a poder reconocerlo; pero no se dejaba persuadir.
Cada método que usa para hacerme confesar, es más doloroso que el anterior. Pero no tengo nada que confesar; le conté la historia de mi vida, todo lo que recuerdo hasta que llegó a mí; pero no parece ser lo que quiere escuchar. No es lo que está buscando. Tal vez no sea lo que está buscando porque encontró a la persona equivocada.
Ya perdí la cuenta, y no se hace cuanto sufro estas torturas, pero hay algo que sé con toda seguridad: éste que se hace llamar “karma” va a seguir con su juego hasta que alguno de los dos desaparezca. El muy necio está obsesionado conmigo y con mis “actos criminales no confesos” y por como se están dando las cosas, todo indica que voy a ser yo el primero en desaparecer.

Razonar con el culo

Es bien sabido que, en nuestro idioma, el prefijo “a” implica negación. Por ejemplo: si uso la palabra “anormal” para definir a un objeto, estoy diciendo que el mismo no es normal. Lo mismo ocurre con muchas otras palabras.
Pero, ¿Qué sucede con la palabra “ano”? ¿Es acaso una doble negación? A = no, no = no. De ser así estaría negando la negación, convirtiéndose entonces, en una afirmación; “ano” sería así sinónimo de “si”.
¿Y la palabra acogedor? Mejor no abro esa puerta hoy…

martes, 6 de abril de 2010

Seba se va

Ahí se va.
Se va sin despedirse. Se va sin decir adiós.
Se va dejando atrás su sombra. Se va dejando huecos nuestros abrazos.
Se va mojando nuestros ojos, llenándolos de lágrimas.
Se va. Se va y no mira atrás. Sabe lo que deja. Sabe que no va a volver.
Se va. Se va cada vez más lejos de nosotros. Cada paso lo aleja más del suelo.
Se va. Se va dejando atrás el letargo.
Se va a donde iremos todos.
Seba se va y me gustaría desearle: “Que en paz descanse”

Guiños, sonrisas, globos y guirnaldas

A "Maníes", Donde quiera que estés ahora...


Te hice un guiño, y sin decirte las palabras, te pedí una sonrisa.
No sé que fue lo que dibujó una en mi cara; que entendieses ese guiño, o que simplemente me la dieras.
Ese momento en que dos personas que no se conocen, que se ven por primera vez; se entienden sin palabras y entran en sintonía, es mágico. En ese momento la tierra se detiene y el mundo se queda mudo.
Yo también quedé mudo entonces. Mudo y cautivado por tu sonrisa. Me hubiese gustado tener voz para pedirte algo más.
Lo bueno es que la tierra se detuvo y por eso sigo frente a tu sonrisa, y vos frente a la mía.