Ya estaba a punto de darme por vencido. Jamás estuve tan cerca de bajar los brazos como en el momento en que te volví a encontrar.
Recuerdo aún con lujo de detalles, la noche en que te conocí; la única noche que pasamos juntos, hace ya tres años, dos meses y cuatro días. Me acuerdo de cada palabra que susurraste en mi oído con la claridad del medio día.
Esa noche fue como prenderme al pecho materno por primera vez, y saciar toda necesidad que podía llegar a tener.
Veo tu rostro cada noche, despidiéndote de mi; y para mi cada noche, es esa noche. Aquella despedida en la que no me animé a pedirte el número telefónico porque me juraste que nos íbamos a volver a encontrar, y que de esa manera sería más divertido.
Antes de salir por la puerta, entre tantas cosas, me dijiste que salías a caminar por Oroño a diario, y que los fines de semana disfrutabas de los parques o del río; dependiendo de la estación… te hubiese escuchado eternamente, porque sigo cautivado por el tono de tu voz.
Te empecé a extrañar cuando te levantaste a preparar el desayuno; jamás antes había sentido mi abrazo tan hueco. Ya había amanecido y sabía que pronto llegaría el momento de “un adiós maquillado de hasta luego”. Yo nunca quise que fuera así, y me gustaría preguntarte que hubieras querido vos. No espero una respuesta, mejor, no ahora. Lo importante es que después de tanto tiempo te volví a encontrar.
Días enteros pasé en el boulevard buscándote entre las caras y aunque ninguna era la tuya, muchas tenían algo de vos…¿por qué no aparecías de nuevo en mi vida? Te estuve buscando por donde me dijiste que estarías, y al final te encuentro en otro lado.
Sé que no fue a propósito, y sé también que preferirías que te hubiese encontrado allí y no aquí; pero así se dieron las cosas.
Me gustaría explicarte cómo me sentí cada uno de los minutos, horas y días que pasé buscándote y esperando a que aparezcas. Recuerdo uno en especial. Fue un 4 de noviembre, que para mi era como un cuatro de copas. Llovía como nunca. El cielo estaba negro como si estuviese cubierto por cientos de miles de millones de cuervos sobrevolando la ciudad, uno muy juntito al otro, esperando un momento de debilidad para poder alimentarse. Era como si estuviesen tan juntos como supimos estar nosotros aquella vez; y el sólo pensar en aquella vez evitó que el negro cielo se me venga encima.
Las gotas no caían de a una, sino de a miles sobre mi cuerpo vestido y mi alma desnuda, pero yo no quería moverme de ahí por miedo a que ese día si pasaras. Cuándo llegué a mi casa, empapado, lo que caía a cántaros eran las lágrimas de mis ojos. Lágrimas por no haberte encontrado una vez más, pero las peores lágrimas eran las del miedo de haberte perdido para siempre. Pero te volví a encontrar. Me encantaría poder jurarte que esta vez no te voy a dejar ir, pero no puedo hacerlo; no sería justo.
¡Qué noche aquella! ¡Qué tarde la de hoy! ¡Cuántas mañanas pasaron en el medio!
Mañanas en las que yo salía temprano a caminar por Oroño, y cuado el sol estaba en lo más alto me sentaba en un banquito a esperarte ahí, en el boulevard.
A veces llevaba el mate, y soñaba con cebarte unos amargos, otras compraba una gaseosa en un kiosko y pedía dos vasos por las dudas y volvía sentarme a esperar a que vengas con la luna.
Lo de la gaseosa no me gustaba mucho, porque me asustaba pensar que cuando yo dejaba el cantero central, aunque sea siempre era por unos minutos nada más, podía perderme de encontrarte otra vez… quizás haya pasado ¿quién sabe? Además Marta, la señora del kiosko, a pesar de agradecerme siempre el cambio justo (no lo hacía por amabilidad, sino para no perder tiempo alejado del lugar donde podías llegar a aparecer) nunca me regaló una sonrisa. Una vez la vi mirándome, sentado, solo, con una gaseosa y con dos vasos. ¿Qué habrá pensado la pobre mujer? Seguro que ni se imaginaba lo nuestro.
No sé por qué te estoy contando esto. Tal vez sea porque quiero que sepas que nunca dejé de pensarte; y ahora que te tengo en frente mío, y más lejos que nunca; a mis ojos nublados les cuesta leer tu nombre en la lápida; a mis piernas les es casi imposible dejar de temblar; a mis brazos se les dificulta apretar tu ausencia más que antes, a mi boca no se le olvida tu nombre, ni el gusto de la tuya; a mi corazón cansado de latir le prometo que no voy a dejar aquella noche que me susurraste al oído, mientras jugabas con tu lengua en mi lóbulo, tu nombre: “Felicidad”.
lunes, 11 de enero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario