lunes, 18 de octubre de 2010

Me gustás

Y pensar que lo escrbí después de nuestra segunda cita, antes de que esto crezca...


Me gustás.
Me gustás cuando me mirás con esos ojos que me entusiasman.
Me gustás cuando me mostrás tus dientes en forma de sonrisa, auténtica por demás.
Me gustás cuando parás tus orejas y me escuchas divagar interminablemente para tratar de llamar tu atención.
Me gustás cuando tomás mi mano por debajo de la mesa. Me gustás cuando me acariciás.
Me gustás cuando ponés tus manos en mi cara cuando me besás.
Me gustás cuando mirás mi boca de reojo y te remojás los labios esperando a que te bese.
Me gustás cuando cerrás los ojos y dejás que tus labios se encuentren con los míos.
Me gustás cuando tu lengua se bate a duelo con la mía.
Me gustás cuando me dejás sin aire y siento que si llegase a morir asfixiado, lo haría feliz.
Me gustás cuando encontrás el hueco de mi abrazo y acomodás tu cuerpo en él.
Me gustás cuando hablás y me interesa lo que decís. Me captura simplemente porque sale de tu boca.
Me gustás cuando decidís pasar un rato más conmigo, me gustás cuando decidís irte.
Me gustás cuando estás despierta, me gustás cuando estás exhausta.
Me gustás cuando te soltás y disfrutás el momento, y me enseñás a hacer lo mismo.
Me gustás cuando sabés que me gustás.
Me gustás así, “estrellada”.

martes, 5 de octubre de 2010

En la Rue de Rivoli

Sin decir una palabra me abrazó. Lo necesitaba y ella se dio cuenta por sí sola. Sin que se lo pidiese, sin que la llame, sin que la mire.
Vino por detrás y a pesar de no estarle prestando atención a mis alrededores, distinguí su caminar entre los ruidos de la ciudad. Pasos cortitos que golpeteaban la vereda con sus taquitos chinos que se detuvieron en el preciso instante en que apoyó sus pechos en mi espalda y envolvió sus brazos en mí, apoyando las palmas de sus manos en mi pecho.
Me confortó con su sinceridad y con sus ganas de darme lo que necesitaba en lugar de una ronda de preguntas inquisidoras.
Se paró en puntitas de pie y acercó su boca a mi oído para dejar escapar en un susurro un “te amo” y ahuyentar así a la angustia que se escondía bajo mi piel.