Desde el primer momento que te vi, supe que no eras para mí; por eso te dejaré ir con la llegada del alba.
No me mal interpretes, me gusta mucho que nos acompañemos en la soledad y que hayamos sucumbido ante lo más primitivo de nuestra humanidad.
Compartimos algunos orgasmos y nada más. Nunca buscamos un pensamiento o un sentimiento en el otro. No fue eso lo que nos juntó. Fue la carne lo que nos juntó. No me enorgullece este hecho, y desde lo poco que te conocí en un pretendido cotejo, no creo que estés orgullosa tampoco. Disfrutamos nuestras vergüenzas e incluso podríamos llegar a repetirlas, juntos o con otros socios.
Placer vacío. Placer que perece en un instante. Placer banal. Placer insignificante. Placer terrenal. Placer animal.
Satisfechos e insatisfechos a la vez nos miramos exhaustos. Mirás mi pecho inflarse y desinflarse con cada pitada al cigarrillo. Yo miro tus ojos que cada vez que parpadean les cuesta más volver a abrirse. Los miro y no me quiero arrancar los míos.
Fue lo que tuvo que ser; un poster mal pegado en la pared que sostenía un Chagall; no es que no lo disfrute, pero si me dan a elegir entre “París desde mi ventana” y “Paris Hilton” la decisión no me angustia.
Mañana volveremos a ser extraños, pero esta noche nos tenemos de placebos. Esta noche encontramos algo de paz el uno en el otro. Esta noche termina igual que las demás. Esta noche termina con la luz atravesando la ventana. Esta noche termina en soledad, en soledad pero acompañado.
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